Juan Esteban Orlandini falleció en 2010 y dejó una investigación que confirma que los primeros asentamientos poblacionales de Ituzaingó fueron alrededor del Río las Conchas (hoy Reconquista), el Puente Márquez y su Posta. El material quedó inconcluso, más que nada por "el mano en mano" posterior, pero de cualquier manera tiene un valor inconmensurable. A continuación lo que debió haber sido su libro póstumo, hoy en formato digital. Abajo (luego del texto) algunos de los cientos de documentos que fotografiaron Orlandini y su equipo.



 JUAN ESTEBAN ORLANDINI

 

HISTORIA DE ITUZAINGÓ

DESDE LOS PRIMEROS

ASENTAMIENTOS POBLACIONALES

HASTA 1873

 

 

Consideraciones Preliminares

El objeto de estudio y la metodología de construcción

 

El objeto del presente trabajo es desarrollar la historia del actual Ituzaingó en el período comprendido a partir de los primeros asentamientos hasta 1873, centrando el estudio en revalorizar el conjunto físico que integraban el Río de Las Conchas, el Puente de Márquez y la Posta, como una suma de testigos significantes superior a los elementos que lo constituyen individualmente.

Como conjunto operaron a partir de su existencia como centro de intercambio transmitiendo información, cultura, relaciones económicas y ordenamiento jurídico que emanaban de su propio régimen y ordenaba la población que se desarrollaba circundándolo, ejerciendo influencia sobre identidades, costumbres y particularidades.

De esta manera, el camino que unía a la ciudad de Buenos Aires y Chile o Potosí convierten al Puente de Márquez y la Posta en el eje vinculante con otros pueblos y parajes cobrando relevancia como posibilitador de transferencias de desarrollo e intercambio social que distribuye la riqueza económica y cultural que por allí transitaba.

Así el conjunto Río, Puente y Posta ejerce su influencia en un contexto mayor dejando testimonios materiales e inmateriales durante un largo período histórico que obran con sus aportaciones a la formación de una identidad compartida. La multiplicidad de acciones que se producen de la interrelación del conjunto transformándolo en un complejo, operan a partir de allí en las ideas, ideologías, costumbres y creencias, formas de vestir, alimentarse y redes de organización del trabajo y propiedad. De esta manera el intercambio de contactos humanos generados van a conformar la dimensión inmaterial del lugar dados en el centro de encuentro y referencia de viajeros, caravanas comerciales, tránsito de ejércitos y emplazamiento de acontecimientos políticos significativos que involucran el espacio territorial y su población intervinculada.

Este conjunto de acontecimientos que le dan vida al complejo Río, Puente y Posta van a operar como factor determinante que modifica el conjunto de las percepciones, construcciones emocionales y económicas siendo el origen de caracterizaciones subjetivas presentes en su identidad e imaginario social. De esta manera el Río de las Conchas, el Puente y la Posta, como partes indivisibles de un complejo vertebrado por el camino, conductor de ida y vuelta, transfería expandiendo su propio ordenamiento legal y administrativo imponiendo y asegurando el funcionamiento de las comunicaciones y el comercio, permitiéndonos desde allí valorar otra dimensión el patrimonio histórico-cultural común entramado en el espacio circundante. La formación de este conjunto-complejo como una unidad funcional que encuentra sus puntos de equilibrio sirviéndose de las imposiciones geográficas lo transforma en interlocutor privilegiado de la época adquiriendo una identidad colectiva vinculada a su conformación y funcionamiento sobre el cual se acumulan acontecimientos significativos de la historia nacional. Su “tiempo” va a comprender el período durante el cual los primeros pobladores españoles todavía están instalándose luchando por la supervivencia en medio de condiciones adversas, mientras comienza la apertura del camino como ruta vinculante entre puntos distantes “conocidos”, inicio que va a marcar la toma de amplitud del conjunto y la institucionalización del complejo Río, Posta y Puente.

Ya en pleno funcionamiento, el conjunto como complejo, va a evidenciar los mecanismos que lo tornan posible operando en coyunturas diversas evidenciando su fortaleza al consolidarse en la complementariedad progresivamente coadyuvado por factores que permitieron su existencia, factores que en el tiempo histórico se mezclan y entrecruzan.

Valorar el “éxito” del funcionamiento del conjunto no es ajeno a establecer la importancia de su inserción sobre una ruta, que le da origen y sentido, arbitrando la obligatoriedad del tránsito y el ejercicio dado a los funcionarios que lo operan de contralor de paso junto a la función de satisfacer las necesidades de los pasajeros que lo transitan durante sus estadas. Esta función primitiva, que le otorga sentido y permanencia en el tiempo, se va a tornar cada vez más compleja y de lugar de paso va a mutar en centro de acumulación de experiencias y de intercambios elevando al conjunto al rango de interlocutor privilegiado del acontecer histórico. Este conjunto – complejo va a ser operado por los hombres y mujeres que lo habitaron adaptándose a vivir en una llanura escasamente poblada que se oponía como factor limitante estructurando, a partir de allí, sus intereses y funciones manteniendo el servicio como factor posibilitador del acceso.

Los grados de poblamiento territorial van a servir para potenciar este concepto. En 1779, Gregorio Ramos Mejía, presenta un informe al virrey Juan José Vértiz y Salcedo informando los resultados del censo que practica individualizando “los casados, viudos y solteros, párvulos de ambos sexos, así españoles, como de las castas, incluyendo los Forasteros” habitantes en la ciudad de Buenos Aires y del territorio de su jurisdicción que arroja el resultado de 37.130 habitantes; 24.205 en la ciudad y los restantes 12.925 en la campaña. Años más tarde, en 1801, Félix de Azara calcula la población en 40.000. Basándose en un “censo imperfecto, tomado, según se cree en 1815”, John Grahan señala en unos 96.000 el número de los habitantes de la provincia, en la que excluye las tropas, pasajeros y los indios. El Registro Estadístico, en 1823, publica que en la ciudad la cantidad era de 68.896 de habitantes y 74.600 en el campo. De estos datos generales de habitantes pude deducirse que la provincia padecía de un grave problema de déficit de población con un más del 50%, residiendo en la Capital y otras ciudades, mostrando, a su vez, en el período 1779-1823 un aumento acelerado en la campaña que en la ciudad, de 12.295 a 74.600 en la primera antepuesto a 24.205 a 68.896 en la segunda.(2) El censo practicado en 1815 va a arrojar en el territorio de Morón de aquellas épocas, la cantidad de 1822 habitantes, del cual el actual Ituzaingó junto a Castelar comprendían el cuartel I – Cuartel II en la demarcación de 1837 y Parque Leloir junto a Villa Udaondo el Cuartel IV. Los empadronamientos que se efectúan en Morón en 1836 que incluía a los actuales Ituzaingó, Hurlingham, parte de Tres de Febrero, Merlo, Marcos Paz y General Las Heras, va a arrojar como resultado 2.548 habitantes y 2.786 en 1838.(3) En este marco recrear un tiempo poniendo como eje articulador la unidad del conjunto – complejo que expresa el Río de las Conchas, el Puente de Márquez y la Posta como centro potenciador simbólico que ordena y articula representaciones que van a formar parte del imaginario social presentes en nuestra historia territorial, es tratar de fijar un espacio en el devenir de los tiempos intentando encontrar explicaciones más satisfactorias que valoren su importancia evocando la grandeza primitiva testigo de sueños y luchas por el poder.

Con este objeto la reconstrucción del complejo estará basada en la utilización de relatos de viajeros contemporáneos a la existencia de la Posta y el Puente junto a documentos, leyes y reglamentaciones, correspondencia oficial, cartas y crónicas, canciones populares y poesías que van a permitir reescenificar su perdida materialidad valorando y resignificando su importancia como eje articulador en el devenir del tiempo. La frescura que emana de estos testimonios excluyen la necesidad de elaborar una conclusión que los reinterprete, circunscribiendo este trabajo a alinear los diversos factores que impusieron la necesidad del enclave del complejo y su valor como ordenador del espacio y poblamiento. Desde allí, reagrupando información dispersa y fragmentaria, corrigiendo errores y precisando detalles insertamos los acontecimientos en una visión más amplia donde documentos y testimonios cobran voz propia y nos hablan y dialogan entre sí.

Contemporáneos de los hechos que protagonizan o son testigos, de esta manera nos interrogan y desafían a que saquemos conclusiones propias sobre nuestro pasado, acciones intereses y conductas que guiaron a los hombres, forjando de esta manera una visión del pasado más amplia, partiendo de nosotros, desde las tierras de Ituzaingó como testigo de la historia nacional para ponerlo al servicio de la consolidación de la identidad.

 

Río Las Conchas

Ya desde el año 1580 va a ser mencionado el Riachuelo de Las Conchas en un repartimiento de tierras en lo que constituía la primera frontera entre la campaña y la ciudad de Buenos Aires, denominación que consigna Juan Francisco de Aguirre en su “Diario de Viaje” Libro IV, resaltando la característica que observa del mismo compuesta de “multitud de conchas que realmente se crían en sus orillas”. Esta característica del río va a estar presente en la sesión capitular del 3 de enero de 1626 cuando el gobernador Francisco de Céspedes expresa sobre el camino y sus dificultades:

 

“…se debe tener mucho cuidado en allanar y disponer el paso del río de Las Conchas (…) donde se pasa con mucho trabajo y riesgo”.

 

Años más tarde Thomas Hinchliff en un viaje que realiza atravesando la zona, observador calificado como miembro de la Royal Society Geographic, sobre nuestro río y su característica dominante va a escribir en su Diario de viaje:

 

“Lo más notable que observé fue la gran cantidad de yacimientos de conchas fósiles (…) sus bordes ofrecen a la vista el aspecto de muros compuestos por entero de esos fósiles”.(4)

 

Igual observación va a registrar el padre de la paleontología, Florentino Ameghino, que recorre las barrancas del río Las Conchas en las que observa considerables acumulaciones de “conchas marinas y Azzara Labiata”.(5) debido a lo que considera consecuencia de la invasión de agua marina en la llanura producida por un movimiento continental cuando

 

“…el estuario del Plata fue ocupado por las aguas saladas (…) remontaron el río de la Matanza hasta el partido de Morón, penetraron en Las Conchas hasta el Puente de Márquez”.(6)

 

Referido a las conchas fósiles que se hallaban presentes en el río otorgándole una identidad distintiva, nos dice César Schreiber:

 

“…atribuir esa observación a organismos como la almeja de agua dulce, del género Diplodón, y aun a caracoles de agua del género Ampulliaria actualmente existente en todos los cursos de agua de la región sería un error de interpretación. Los moluscos que la gente de Garay habría observado serían acumulaciones de conchas fósiles de origen marino residuo de los avances del mar sobre el continente, los cuales se registraron sobre el pleistoceno tardío y reciente. Estos depósitos representan al Querendeniense y Platense marino de Frengüelli (1957). El primero y más antiguo (8 a 10 mil años) es considerado como depósito de las aguas costeras y albuferas, y el segundo (3 a 4000 años) como una verdadera ingresión marina (Hidalgo 1978)”.(7)

 

Las conchas fósiles presentes en el curso del río enclavado en una planicie monótona carente de elementos para la construcción más allá del barro y la paja, junto a la función de identificador caracterológico del lugar al que da nombre, Río de las Conchas, estos fósiles van a cubrir la carencia revirtiendo el yacimiento en explotación comercial del recurso que es devastado satisfaciendo a una demanda de precios ascendentes. Esta circunstancia llevó a la intervención del Virrey Rafael Marqués de Sobremonte (1804-1807) que por Bando(8) del 6 de agosto de 1804 fija precio máximo a la venta de la conchilla.(9) Como determinante geográfico erigido en hito inamovible, el río como frontera de agua va a constituirse en motivo de la disputa jurisdiccional entre dos Cabildos, el de Buenos Aires y el de Luján cuando el gobernador José de Andonaégui (1745-1755), el 17 de octubre de 1755 asigna por límite de su jurisdicción en el río de Las Conchas a la “Villa de Nuestra Señora del Luján por ser ésta Milagrosa Señora de su Primera Fundación y el Atractivo de su Cristiana Común Devoción”.(10) En ese mismo año, en el mes de diciembre, se produce la reacción del Cabildo de Buenos Aires y con ello el comienzo del litigio jurisdiccional enfrentando la decisión tomada en la que entendían se producía un cercenamiento de su territorio afectado por el límite conferido a la nueva Villa, expresándose en estos términos:

 

“…muy perjudicial a la jurisdicción de esta ciudad y a sus vecinos en particular, por lo que contradice este cabildo la concesión que se ha hecho desmembrando tan excesiva parte de esta ciudad”.

 

Conceptos que van a ampliar los cabildantes el 1° de abril de 1756 aduciendo que no se podía admitir que

 

“…aquella que por su naturaleza es menor, tenga más terreno y jurisdicción”.

 

Este conflicto entablado de límites territoriales que no encontraba solución que satisficiera los reclamos del Cabildo de Buenos Aires va a ser resuelto con la intervención del Rey Fernando VII que ordena el 30 de mayo de 1759 al gobernador Pedro de Ceballos (1756-1766), que había sucedido en el cargo a Andonaégui, “moderara” la jurisdicción que anteriormente se había otorgado a la Villa de Luján.(11) En 1779 el Virrey Juan José de Vertiz y Salcedo (1778-1784) da cumplimiento a lo dispuesto por el monarca y a una solicitud del insistente Cabildo de Buenos Aires, ordena que Félix de Azara produzca un informe que concluye en un nuevo trazado de límites con la Villa del Luján reduciendo el territorio de su jurisdicción con lo que deja de lindar con el río Las Conchas poniéndose, de esta manera fin al conflicto.(12) El uso del río Las Conchas, como límite, va a estar reiteradamente presente. En agosto de 1778 buscando desplazar la amenaza latente que provocaba la proximidad de los indígenas, el virrey Pedro de Cevallos (1776-1778) dispuso organizar una “entrada”, que es ordenada más tarde por el nuevo virrey Vértiz que forma una Junta General de los Maestres de Campo para estudiar un plan de operaciones general. Estos van a desechar la ofensiva proponiendo intensificar la acción defensiva apoyándose en la línea de frontera que demarcaba el río de “Las Conchas”, entre otros límites.(13) Nuevamente el río de Las Conchas va a ser citado cumpliendo la función de límite durante la presidencia de Bernardino Rivadavia, cuando por ley del 4 de mayo de 1826 se determina la jurisdicción de la ciudad de Buenos Aires como capital del Estado en el territorio comprendido

 

“…entre el puerto de Las Conchas hasta el puente llamado de Márquez, y desde éste tirando una línea paralela al río de la Plata hasta dar con el de Santiago”.

 

La imposición de esta demarcación tenía el efecto de cercenar parte del territorio de la provincia de Buenos Aires a la que a su vez se proponía dividir en dos, la parte norte cuya sede se fijaba en San Nicolás tomando el nombre de Paraná, y la sur ubicada en Chascomús. Así el río Las Conchas, como el mayor determinante geográfico fue reiteradamente utilizado como hito demarcatorio jurisdiccional y que nos sirve de actual límite, será hasta 1773 una verdadera frontera natural infranqueable que en tiempos de lluvias imposibilitaba el tráfico aislando a Buenos Aires de la campaña hasta la construcción del puente efectuada por Pablo Márquez. El río de Las Conchas, testigo único junto al Puente de Márquez de nuestros orígenes más remotos va a cambiar de nombre el 1° de julio de 1954 por el dictado de la ley provincial n° 5759, durante la gobernación del Mayor Aloe, que en su art. 3° que dice “Desígnase con el nombre de Reconquista al río Las Conchas”.(14)

 

El Puente

El problema que presentaba el río convertido en una muralla de agua que separaba ambas márgenes imposibilitando el paso va a ser puesto de manifiesto tempranamente por Juan Francisco de Aguirre cuando nos precisa sobre su entorno:

 

“…el terreno de sus orillas es bajo y expuesto a las inundaciones del río y solo con buenos días se puede andar”.(15)

 

Esta circunstancia pone de manifiesto que estaba presente desde las primeras épocas de reconocimiento del territorio la necesidad imperiosa dotar de un acceso que facilitara en forma segura y regular las comunicaciones y tránsito de mercaderías limitadas en tiempos de crecidas por falta de puentes. El servicio de correos, que veía afectada la realización de la carrera con las crecidas que ponían en riesgo la vida de los correos y la correspondencia que portaban, lleva a Domingo de Basavilbaso que se hallaba al frente de la Administración de Correos a dictar la providencia que establecía se detuviese la marcha hasta la mejora del paso

 

“…sin riesgo de avería de la valija, ni la vida del Correo, ni Postillón, pues menos mala sería su detención por un día más o menos que exponerse a dichos riesgos”.(16)

 

Necesidad que también formó parte de las preocupaciones del Rey en cuanto a proveer acceso regular y seguro que facilitara la vinculación de las distintas administraciones contemplando con este objeto

 

“…el arreglo de los caminos y la construcción de puentes en los ríos es otro de los objetos no solo para facilitar el más pronto giro de los correos, sino para proporcionar las ventajas del comercio en general”.(17)

 

PABLO MÁRQUEZ (18)

A raíz de la crecida que se produjo la noche del 18 de enero de 1774 en el río Luján que “se llevó todos los palos”, el puente que unía ambas márgenes quedó destruido afectando no solo la comunicación sino también los Propios de la Villa privándolos de percibir los derechos de pontazgo que éste producía. Esta situación motivó la decisión de los cabildantes que cursaron una nota a Pablo Márquez solicitándole que facilitara la concurrencia del Maestro que había construido su puente sobre el río Las Conchas para

 

“…cuando esté en esa se haga presente la determinación que se ha tomado de hacer otro mejor de lo que había y en otro paraje”.(19)

 

La presencia del maestro carpintero solicitada se registra el 19 de febrero, en el que, junto a los cabildantes recorren la zona y eligen el nuevo lugar de emplazamiento. Hasta aquí teníamos presente en Luján al maestro que construyó el Puente de Márquez del cual se desconoce el nombre.(20) Teniendo en cuenta que los cabildantes de la Villa del Luján expresaban como fundamento de su pedido “no haber persona capaz de hacer uno en la zona” cuando se dirigen a Pablo Márquez, podría concluirse que éste sería José de Sos constructor contratado por Pablo Márquez para su puente sobre el río Las Conchas en 1773.(21) identificado como constructor del nuevo puente cuyo emplazamiento fue determinado en la recorrida del 19 de febrero y que en 1776 recibe de Lezica y Torrezuri 225 pesos por su trabajo. La presencia del Puente de Márquez, como hito destacado enclavado en una llanura monótona y sin límites, se va a ser registrada en la totalidad de la cartografía que se elabora a partir de 1773, cuya ubicación y características va a formar parte de los relatos de los viajeros que recorrieron la zona. Tadeo Haenke, que desde Luján rumbo a Buenos Aires atraviesa la zona el 15 de abril de 1774 deja en su diario de viaje nota sobre el Puente de Márquez al que sitúa

 

“…a las 10 leguas de Luján se encuentra el puente de Las Conchas, sólido y de buena madera; y a 6 más allá la hermosa ciudad de Buenos Aires”.(22)

 

Félix de Azara, en cumplimiento de una disposición emanada del virrey Pedro Melo de Portugal y Villena (1795-1797) que le ordena recorrer la frontera identificando zonas para el emplazamiento de fuertes que contuvieran los ataques indígenas, en una nota fechada el 17 de marzo de 1796, de su “Diario de Reconocimiento de las Guardias y Fortines que guarecen la Línea de Fortines de Buenos Aires”, agrega a la ubicación del Puente de Márquez la característica del paso y el tipo de piso del río que complicaba el vadeo, valorizando de esta manera la construcción:

 

“…a las doce pasaron por el Puente de Márquez que está en el arroyo de Las Conchas (…) este paso dista de la capital 7 leguas y tiene de anchura unas 20 varas y no necesitaría de Puentes sino fuese fangoso”.(23)

 

También José de Sourryére de Sovillac que lo transita el 17 de mayo de 1784 cuando realiza el viaje de Buenos Aires a Córdoba lo incorpora a su relato ubicándolo en forma precisa, a la que agrega consideraciones sobre su construcción y utilidad de esta manera:

 

“…de Buenos Aires para el Puente del río de Las Conchas, que dista 6,5 leguas de la Capital, caminé por el rumbo O. 22°30’ SO. De la aguja cuya variación era de 17° 28’ (…) el Puente está construido sin arte y con troncos de árboles: tiene de largo 23 pies y de ancho 10, y pueden pasar en ella carros, carretas…”.(24)

 

Sobre las características topográficas distintivas de las tierras ubicadas antes del paso por el Puente, el actual Ituzaingó, el general Manuel Belgrano que en 1812 las recorre marchando hacia el Norte conduciendo el ejército, nos dice:

 

“…de la parte Este del Río de Las Conchas hasta donde está el Puente hay puntos muy ventajosos para defender aquél, y en lo general son más altas las tierras de dicho lado;¸y presentan proporciones para defender los pasos, los que aunque dan Bado cuando los tiempos son secos, tienen sin embargo los obstáculos tanto en la bajada como en la subida por la altura de las barrancas y es indispensable culatear los carros si no se requiere pasar por el Puente”.(25)

 

El Puente de Márquez, como lugar de referencia, límite y frontera de la ciudad y la campaña, y puerta de entrada, cumplirá asimismo la función de sitio de encuentro y realización de actos de bienvenida y homenaje a visitantes caracterizados a su ingreso al territorio de la ciudad de Buenos Aires en que son recibidos o despedidos por autoridades. Allí por ejemplo el Juez de Paz de Morón en 1841 le dispensó honores y acompañó a su ingreso a la ciudad al Brigadier Félix de Aldao, proveniente de Mendoza, informando de esto al gobernador de la provincia de Buenos Aires, Juan Manuel de Rosas.(26)

 

 

Pontazgo

Con la intención de abrir un camino que vinculara a Buenos Aires con Mendoza y de allí condujera a Santiago de Chile y a Valparaíso, José García Inclán el 24 de diciembre de 1720 envía un proyecto a la Corte dando cuenta de las condiciones en que se encontraban las vías de acceso a la ciudad, caminos que define como “trabajosos”

 

“…esta tierra llana se transita comúnmente con carretas, carretones y coches a Jujuy, Santiago del Estero y Salta que es jurisdicción de Tucumán distante 320 leguas, poco más o menos”, resaltando el problema de los ríos donde “bueyes, mulas y caballos suelen ahogarse”.

 

Esta situación provocaba en la contingencia de efectuar el vadeo de los cursos de agua, no practicable en épocas de lluvias o crecidas, poniendo en riesgo a las carretas y cargas que podían arruinarse o perderse. La propuesta de Inclán fijaba la necesidad imperiosa de construir puentes para asegurar los cruces, a lo que agrega:

 

“…el que lo hiciese, en cuia consideración debía reglarse por arancel (…) cada carreta que passare dho. Puente, cargada con géneros de Europa y de la Tierra, como assi mismo de frutos, desvía pagar 7 pesos, por Razón de que ganan de flete 150 pessos, la tercera parte en plata y dos terceras partes en géneros de la tierra, y lo propio devuelta; -lasque passaren con botijas bacías avian de pagar un peso, las que passasen sin cossa, alguna, nada, y respectivamente las que passasen a media carga; -los Caballos y mulas cargadas y montadas debían pagar cuatro Rs. De plata cada una; pero las que no llevasen carga, con jalma o sin ella, como sean de Recua no paguen nada, y las que passasen en pelo como Bacas y Bueyes, por negocio o trato que paguen por cada cabeza un Real. Los chasquis o expresos que puedan pagar por el caballo o mula montada o cargada a los Dhos. Quatro Reales, y las sin carga, cossa ninguna, porque ordinariamente estos llevan por delante tropas de Bestias para mudar”.

 

Hasta aquí, la parte esencial del “Proyecto de Caminos” que propone Jose García Inclán. Una Cédula Real va a dar cuenta al gobernador de Buenos Aires del fracaso de esa iniciativa que mejoraría el tránsito de pasajeros, cargas y correos. Desestimado el proyecto por monarca de la Casa de Austria que manifiesta:

 

“…aun en el caso de estar muy sobrada mi RL.hacienda, no debía ejecutarse unos gastos tan grandes sin tener obligación (…) no ser cuenta de mi RL. Hazienda, los gastos comprehendidos en estas disposiciones”.(27)

 

Este antecedente, la necesidad de la construcción del puente sobre Las Conchas y la negativa del Rey a afectar fondos en el emprendimiento, servirá de base y dará lugar años más tarde a la iniciativa de Pablo Márquez que construye el puente sobre el río, recibiendo del Cabildo como contrapartida la autorización de explotación durante diez años “a comisión”, como forma de resarcimiento por el capital y riesgos asumidos. Las cláusulas del convenio que suscriben fijaban que concluido el tiempo la sesión de explotación esta sería sujeta al cobro de derechos de Pontazgo,(28) sobre los cuales luego disputaría el Cabildo previendo el ingreso de fondos integrando sus Propios. Caducado en 1783 el plazo del cobro otorgado a Pablo Márquez, el Cabildo de Buenos Aires que ya había otorgado escritura traslativa de dominio en 1781, a dos años de la finalización de la sesión,(29) toma la providencia de pedir se lo notifique sobre los montos por tráfico que percibía,(30) y procede a llamar a subasta pública los derechos atinentes al Puente.(31) Pablo Márquez, interponiéndose a Pedro Ferreira que había ofrecido trescientos pesos y estaba en vías de ser el adjudicatario del arrendamiento, recurre haciendo valer en su favor, la cláusula fijada en origen de la sesión que establecía:

 

“…que concluso dicho término de los diez años se hubiese de arrendar o rematar en subasta, habrá de ser preferido, a los efectos de sus familias por el tanto”.(32)

 

Formalizada la presentación ante el alcalde de primer voto Joaquín de Pino obtiene Pablo Márquez la prórroga de los derechos de explotación hasta 1788,(33) en cuyo tiempo debía ingresar trimestralmente cien pesos a los Propios del Cabildo y con ello el cambio del concepto por el cual se percibía el monto fijado para el tránsito, de “contribución”, a “pontazgo” con las tarifas fijadas por el Cabildo y el pago del arriendo.

 

 

Primer Correo Mayor de las Indias

 

El cargo y título creado por Real Cédula por Fernando V de Castilla y Aragón, esposo de Isabel la Católica y Regente del reino, fue otorgado a Lorenzo Galíndez de Carvajal el 14 de mayo de 1514 en la forma de donación perpetua sujeta a derecho hereditario no revocable, concediéndole, de esta manera, el monopolio que comprendía los despachos que partían de América a España como los de la península que venían a los territorios de las Indias “descubiertos o por descubrir”. La normativa dictada por el monarca fijaba, además, la prohibición de enviar cartas o mensajes que no pasasen por el arbitrio del Correo Mayor, sus herederos o sucesores, imponiéndole a los infractores la pena del pago de “diez mil maravedíes, la primera vez y en caso de reincidencia la pérdida de bienes”. La Real Cédula de 1514, que fue publicada y pregonada en plazas y mercados de España y de Indias. Al fallecer Galíndez de Carvajal fue ratificada por Carlos I de España y V de Alemania en todos sus términos, expidiendo en 1525 en la ciudad de Toledo una Real Cédula dirigida a los oficiales de la Casa de Contratación de Sevilla confirmando el monopolio. Poco o nada se ocuparon los Galíndez y Carvajal de las comunicaciones del Río de la Plata, que quedaron libradas a su propia suerte. Los problemas que se causaban a las comunicaciones por la falta de desarrollo del correo cedido a Carvajal, va a llevar en 1706 a Fernando VI a replantearse reincorporar la totalidad de los Oficios  de Correos Mayores a la Corona. Para dar curso a la iniciativa manda formar una Real Renta de Correos, Estafetas y Postas fijándose nuevos reglamentos y leyes que son dictados entre los años 1720 y 1743. Durante el período de la reorganización fue nombrado José de Gálvez, designado por el Marques de Grimaldi el 22 de octubre de 1763, en la Superintendencia General de Correos. El problema se planteó con los herederos del Correo Mayor de Indias en poder de su descendiente Fermín Francisco de Carvajal y Vargas. Pedro Antonio de Cosio, nombrado en 1765, logra acordar con los herederos del servicio con los que firma el 21 de septiembre de 1768 la “escritura de transacción” que es aprobada por el rey el 13 de octubre del mismo año y comunicada al Gobernador de Buenos Aires Francisco de Paula Bucarelli y Ursúa (1766-1770).

Con el traspaso del correo terrestre a la corona va a iniciarse la reorganización y puesta en funcionamiento del servicio en el Río de la Plata que fue puesto a cargo de la administración del correo marítimo en América. Hasta 1794, en que el último administrador del correo colonial en Buenos Aires, Antonio Romero de Tejada pone en vigencia la Ordenanza General de Correos, Postas y Caminos, dictada por Carlos IV y refrendada por el Duque de Alcudia, Manuel Godoy, regulaba en el servicio otra ordenanza borbónica que comprendía el “itinerario de las carreras de postas de dentro y fuera del Reyno” expedida en el Real Sitio de San Idelfonso de la Granja el 23 de julio de 1762, sirviéndole de apoyatura las Leyes de Indias de 1511, Ley VI y posteriormente las Leyes XXI y XXII.(34)

 

 

La Ordenanza de 1794

Si bien esta regulación tiene como antecedente las Leyes de Indias y Ordenanzas de 1720, 1743, 1744 y 1756 y su antecesora de 1762 como matriz de la organización de las Postas que ya establecía para ser nombrado para el Maestro de Posta la condición de “vecino honrado” y la obligación de “mantener número de caballos”, gozando “del fuero de la renta de Correos, excepción de cargas consejiles, quintas, levas y milicias” durante el desarrollo de sus funciones y obligados a exigir el “porte” expedido para su tránsito por las autoridades “dando cuenta a la Justicia de todos aquellos viajeros que no llevaran consigo esa licencia”.

El Maestro y su título, para que “se les guarde el fuero y preeminencias” era presentado en los Ayuntamientos, gozando como privilegio acordado por la legislación llevar armas y poseerlas, no poder ser desalojados de las casas mientras pagaran arrendamiento, ni ser detenidos por nadie, ni por la Justicia en el Camino de la Carrera y tener “libremente meson, posada o cualquier granjería”. La importancia de la Ordenanza General de Correos de 1794 se destaca por el largo período de vigencia, comprendido desde los últimos años de la administración colonial y período independiente, salvo un interregno en que la renta que va a integrar el Tesoro durante el gobierno de Juan Manuel de Rosas, destino que se va a desafectar luego Caseros volviendo a constituirse la Renta de Correos y con ello el retorno a la legislación española.

Hablar del correo es retrotraernos a su base organizativa y con ello a la posta y la importancia de su presencia en estas tierras, puerta de entrada y salida de las comunicaciones, comercio y tránsito de ejércitos. Posta, palabra que etimológicamente deriva del latín “posita”significando puesta o “colocada” aludiendo a las paradas existentes a determinadas distancias donde se hallaban los correos o se detenían a descansar o cambiar caballos. Estas ya existían durante la dinastía Tsc Hon en China, 1100 años A.C., y estaban presentes en el Perú precolombino de los incas organizado bajo la forma de “chucllas”, postas, como lugar de asistencia a los chasquis del correo quechua. De esta manera, la red de caminos del Imperio Inca va a dejar sus huellas en el modelo organizativo y en el vocabulario. Las palabras como “chasqui” o “tambo” provienen del Tahuantisuyu y fueron usadas hasta bien entrado el siglo XIX. Así en su génesis y semántica “chasqui” del quechua denomina “el que toma, recibe o cambia una cosa”, es el portador de mensajes y “tambo” en la misma lengua nombra el sitio donde los chasquis y eventualmente las tropas solían repararse dela intemperie. Así constituidas las Postas, como principal medio que articula la comunicación, tenía como requisito para ser situada poder disponer en el medio circundante de las condiciones de acceso a pasturas y provisión de agua suficiente necesaria para mantener en condiciones de operación una numerosa caballada.

De esta manera, el caballo convirtió en el condicionante y medio indispensable para la implantación y desarrollo del servicio público cuya característica principal estaba constituida por el recorrido de distancias comprendidas entre las cinco a siete leguas. Las Reales Ordenanzas contemplaban ya, desde tiempos antiguos, que las Postas debían disponer de “terrenos realengos” en que pudieran pastar los caballos propiedad del Maestro de Postas que debían ser identificados con una marca con la letra “P” o con una muesca en la oreja izquierda como era de práctica en los animales del ejército.

Sobre de la importancia de los recambios de las caballadas que debían estar siempre listas y las previsiones que tomaban para asegurar el servicio los maestros de postas, nos informan los viajeros que cuando se hallaban a corta distancia de las postas:

 

“…cuando están a tiro de hacerse oír tocan un cuerno que significa que no hay un minuto que perder (…) Es usual arrear algunos cientos (de caballos) cada tarde encerrarlos en un corral, como reserva para el día siguiente, los que sucesivamente se llevan a pastar cuando son reemplazados por otros. Los animales utilizados en estos servicios en su mayor parte pertenecen al rey como diezmos reales”.(35)

 

Teniendo las Postas como origen el cubrir una necesidad militar junto a la prestación de servicios de correos, la legislación que las rige y también comprende al Maestro de Postas y Postillones que se desempeñan al frente de las mismas, sus fueros se convertirán en marco regulador de relaciones jurídicas y económicas y legales de la comunidad circundante interrelacionada convirtiendo a las Postas y sus agentes y servicio en una presencia avanzada de la organización administrativa del Estado y ejercicio de su poder en las vastas llanuras de un paraje semidesértico. De esta manera la ordenanza de 1794 fijaba para nuestros funcionarios en la Posta de Puente de Márquez en el título XVI capítulo primero:

 

“Los maestros de Postas, como encargados de las Paradas de caballos que deben servir para el giro de la correspondencia a la ligera, ó en ruedas, tanto de mis Correos ordinarios y extraordinarios, como de las demás personas que quieran viajar en diligencia deben conservarlas en el mejor estado posible, para que se consiga el objeto de mi servicio y el del publico, bien las que tengan a su cargo por administración, o bien por arriendo y contrata.

2° En este supuesto solo serán conocidos y tratados como tales Maestros de Postas en las jurisdicciones de los Pueblos donde residan, los que tuvieren Títulos despachados por la Direccion, bien por haberse nombrado para el Gobierno o administración de las Paradas, ó bien por habérseles despachado en vista de la escritura de contrata que hubieren otorgado. Y para este fin, y que se les guarden sus privilegios, presentarán en los respectivos Ayuntamientos su Título, para que sentándolo en los libros capitulares, pongan la nota de este acto en los mismos Títulos que se les devolverán inmediatamente. Y prevengo que sin esta circunstancia no deberán gozar del fuero y exenciones.

En cada Parada no habrá más que un Maestro de Postas para evitar con el goce de fuero y preeminencias la multiplicidad de privilegiados en perjuicio de los demás vecinos; pero se permite a sus viudas puedan privilegiar con su nombramiento un hijo, yerno u otra persona que cuide de la Posta, lo que deberá expresarse en el mismo Título o nombramiento, para obviar después dudas.

4° Si dos o más personas mancomunadas tomaren de su cuenta en arrendamiento dos o más Postas, viviendo en un mismo Pueblo solo uno se reputará Maestro de Postas, y gozará el fuero y exenciones propias del oficio, conviniéndose entre sí sobre ello, de que darán parte al Pueblo y á la Dirección en los ocho primeros días de su arrendamiento; pero todos le gozarán si fuese igual el numero de Paradas, y diversos los Pueblos de su domicilio.

5° Podrá nombrar y remover los Postillones que ayuden en este encargo; pero no tendrán facultad de nombrar más que uno para cada dos caballos, que gozarán del fuero de Correos, siendo por dicha facultad responsables de las operaciones de los Postillones en lo tocante á su oficio, y con obligación de dar parte al Ayuntamiento, para que se anote en sus libros los sujetos que destinan a Postillones, y la variedad, quando los despidieren.

6° Así los Maestros de Postas como Postillones tendrán inmediata subordinación a los Administradores y Oficiales que los substituyan de las Caxas de Correos más cercanas a las Paradas donde estén situadas y obedecerán sus órdenes en quanto no sean contrarias ni opuestas á lo prevenido por Instrucción.

7° Los Maestros de Postas y Postillones no darán caballos (baxo pena de privación de emplto, confiscación de bienes y demás que haya lugar) al que nos los traiga de la Posta antecedente; y podrán pedir el Parte ó Licencia en cuya virtud corren, y si no la traxeren, darán cuenta á la Administración de la Estafeta, si la hubiese en el mismo Lugar, ó á la Justicia en su defecto, para que lo haga arrestar sobre la marcha, sopena de responsabilidad.

8° Serán los Maestros de Postas privilegiados por el tanto en el arriendo de las casas que estuvieren desalquiladas, ó que se desalquilen, para servir en ellas la Posta; y ningún dueño de la casa en que esté ya situada podrá echarle de ella, pagando el alquiler, con pretexto de aumentarle, y solo podrá pedir tasa, que la deberán hacer los peritos nombrados por ambas partes, y tercero en caso de discordia, que nombrará el Subdelegado que conozca de la causa.

9° Como las asignaciones que se dispensan á los Maestros de Postas son moderadas, y los más de ellos sirven á la causa pública por los privilegios y exenciones que se les conceden, les permito tengan al mismo tiempo Posada, Meson, ú otra cualquiera granjería, empleo ó cargo de los permitidos á los vecinos de los Pueblos; pero quedará en quanto á ellos sujetos a la Justicia ordinaria, y sin fuero para la paga de los derechos Reales, observancia de los bandos de policía, y leyes del empleo ó cargo; con prevención de que los procedimientos de la Justicia ordinaria en tales casos, se han d conciliar en términos que no se impida el buen servicio de las Postas, dexando para ello en libertad la persona del Maestro de Postas, si el caso lo permitiere, y en especial los caballos y demás arreos necesarios para su despacho.

10° Si los mismos Maestros corriesen la Posta, podrán usar en los viajes de armas prohibidas en defensa de sus personas, y dar auxilio á los que acompañen, y en otra cualquiera función propia de su cargo; pero deben tener estas armas con noticia de la Justicia ordinaria, y recoger las que lleven los Postillones luego que vuelvan de sus viajes: en inteligencia de que si á unos ú otros se les aprehende con ellas fuera de los casos referidos, se les depondrá de sus empleos, y castigará con las penas impuestas en la Pragmatica de los que usan armas prohibidas.

11° Quando cometan fraude contra la Renta ellos ó sus Postillones, se les impondrá la pena de diez años de presidio que es la señalada a los Dependientes defraudadores, y la misma si maliciosamente desamparasen á los Correos particulares ó Conductores en cuya compañía viniesen, ó les causaren algún otro grave detrimento.

12° Los caballos de Posta como los destinados al servicio del público, no deben pagar Peazgos, Pontazgos, Barcages, Pontazgos ni otro tributo de los impuestos generalmente por el paso de cualquier parage del Reyno, yendo de servicio. Y por la misma causa tampoco se les podrá tomar sus caballerías o carros para bagajes, ni otro efecto alguno, aunque sea de mi real servicio.

13° Procediendo la detención en el apronto de caballos en las Postas de su mala calidad, ó de tenerlos al pasto lejos del Pueblo y Carrera, se multará y castigará al Maestro de Postas por no tenerlos prontos y herrados, según es obligado, atendidos los días y horas en que se conducen las valijas, y freqüentan las Carreras; y para ello bastará la relación jurada que haga el Correo al tiempo de entregar las valijas en la Dirección General, acompañada de carta del Administrador de la Estafeta donde sucediere la detención, y en su falta, testimonio del Escribano ó Fiel del fechos, ó papel firmado de los dos vecinos del Lugar de la Parada.

14° Sobre este punto, y el de que los caballos no lleven carga demasiada, vigilarán los Administradores de los Correos del tránsito para evitar atrasos en la diligencia en perjuicio de mi servicio y del público, y daño de los mismos Maestros de Postas; sin permitir lleven encargos agenos del Oficio, porque pagándoles los interesados los derechos de Arancel, deben llevar los caballos enteramente expeditos, y libres de otras cargas.

15° Por ningún caso ni motivo tratarán mal los Maestros de Postas de obras ni de palabras á los sujetos que corran. Y por el contrario los atenderán, procurando auxiliarlos en quanto necesiten, y este en su arbitrio, pena de ser depuestos de sus empleos. Y en caso de que alguno intentare precisarlos á ejecutar lo que no deben, se excusarán cortésmente; y si no obstante, se descompusiere, y les precisaren á ello darán fenecida la Carrera, noticia de todo al Administrador, para que este representándolo al Subdelegado (á cuyo fuero quedaran sujetos) se les castigue á proporción del exceso.

16° Siendo necesario al Maestro de Postas, para el debido cumplimiento de su obligación, tener el número preciso de caballos al pronto avio de los Correos y Postas de sus respectivas Carreras, serán preferidas por el tanto en la compra del ganado y utensilios que necesiten; á cuyo fin les darán los auxilios necesarios las Justicias, baxo la multa de cien ducados.

17° Se declara por punto general que los caballos de Posta pueden pacer, guardando los frutos vedados, en todos los valdios y comunes en la forma en que se entiende para con el ganado de Mesta, conocido con el nombre de Cabaña-Real; y también en los que como vecinos de los Pueblos en donde están situadas las Paradas, deben señalarles con proporción y suficiencia á los caballos que mantienen. Y para qué más bien puedan cuidar y atender al pronto servicio, serán, preferidos por el tanto en los arriendos de pastos que se hagan en los Pueblos donde estén situadas las Paradas.

18° El Maestro de Postas o sus Postillones que entren en Madrid, ú otro Pueblo donde esté la Corte, corriendo con Correo, ya sea por el Real servicio ó de particular, debe precisamente presentarse al Oficio del Parte ó del Correo, si llevan valijas de la correspondencia ordinaria.  Y si viniese acompañando á particular, y no vaya este á apearse al mismo Oficio, está obligado á observar la casa y calle donde se apea, con toda individualidad, para pasar inmediatamente á dicho Oficio, dar cuenta en el de la persona que ha traído, donde se apeó, y del parage de donde viene, á fin de que por los Administradores de ponga en noticia de la Dirección.

19° Antes de dar caballos á personas particulares, cobrarán los derechos correspondientes, y señalados con el Arancel impreso, y aprobado por la Dirección, que tendrán expuesto al público. Y el Maestro de Postas de Madrid ó Sitios Reales llevará los derechos dobles de todo viage de particular, por la primera Carrera, como siempre se ha practicado, sin que por ningún caso ni pretexto puedan exceder de la cuota señalada, pena de ser depuestos de sus empleos, y castigados á proporción del exceso.

20° Para que no se abuse de las facultades con concedo á los Maestros de Postas de nombrar Postillones con proporción al número de caballos que tuvieren, según queda explicado en el Capítulo 5 de este Título: declaro que si despidieren alguno de ellos en tiempo de evas ó quintas, ó quince días antes de que se publiquen, no ha de poder gozar el nuevamente nombrado del privilegio y excenciones del fuero, por la sospecha de que esto lo ejecutan en fraude de quintas o levas, y con objeto de libertar de ellas á los nuevamente nombrados: los quales, sin embargo, deberán ser comprehendidos sin que los Ayuntamientos puedan dar pase á sus Títulos, ni poner en ellos la nota correspondiente.

 

TÍTULO VII

De los Postillones

CAPÍTULO PRIMERO

Los Postillones estarán subordinados en todo lo conducente á su oficio al Maestro de Postas, quién á un arbitrio los nombrará, y removerá con causa ó sin ella. Y durante el servicio gozarán del fuero de la Renta, excenciones de quintas, levas y milicia, y demás franquicias concedidas á los Dependientes de Correos.

2° Serán de edad y robustez proporcionada á llevar las fatigas de los viajes y Carreras; y quando el Correo ó Conductor estuviesen impedidos, seguirán por sí los viajes con igual responsabilidad.

3°Al tiempo que se registre en los libros de Ayuntamiento el nombramiento del Postillón, se leerán los Capítulos de este Título, y los del Maestro de Postas, con la Instrucción que se formará, para que no pueda alegar ignorancia en el cumplimiento de su cargo.

4° Correrán los Postillones y los que hicieren sus veces, aunque sean los Maestros de Posta, en los tránsitos delante y á vista de la persona que acompañen, y á corta distancia, para poder volver con prontitud a darles auxilio en cualquier caída, ú otro acontecimiento que les suceda.

5° Por ningún caso ni motivo tratarán mal de palabras, ni menos de obras, á las personas que acompañen; antes por el contrario los atenderán y auxiliarán en quanto pudieren: y en el caso de que alguno de los que corran intentare precisarlos á lo que no deben, se excusarán con modestia; y si no pudieren resistirlo sin riesgo, darán noticia de todo al Administrador acabada la Carrera, para que noticiándolo al Subdelegado del Partido, tome la condigna providencia”.(36)

 

El artículo 9 del capítulo Primero de esta ordenanza, en cuanto establece la posibilidad de algún servicio de abasto y comercio que se brindara en la posta sin que fueran sujetos al pago de “derechos reales” marcaba una relación de privilegio que la diferenciaba con iguales servicios prestados por las pulperías que estaban sujetas a una legislación particular, estableciéndose de esta manera un beneficio económico adicional para el Maestro de Posta. Desde la fundación de Buenos Aires la actividad de las pulperías “de ordenanza o de número” estuvo sujeta a la autorización del Cabildo y a la fijación de impuestos que eran ingresados en los Propios. De esta manera en el período colonial  quedaban sujetas al pago de “derecho de composición” legislado por la Ley XII del Libro IV, Título VIII dictada en 27 de mayo de 1631 en Madrid durante el reinado de Felipe IV, que establecía

 

“…por cuanto habiéndose por Nos mandado, que dejando en lugar de españoles de las Indias las pulperías, que precisamente fueren necesarias para el abasto (…) nos pagasen por vía de composición, desas treinta hasta cuarenta pesos”.

 

A los efectos de la percepción de este tributo, en 1809 el Cabildo nombra a Jorge Robredo Receptor del Real Derecho de Compostura de Pulperías.(37) Al cobro de este derecho se va a sumar el de Alcabala, que gravaba un tanto por ciento de las cosas que se vendían o permutaban, fijando el dos por ciento en relación con lo que se cobraba diez en España, gravamen determinado en la Ley XLVI de las Recopiladas para los Reynos de Indias. Para la recepción del Real Derecho de Alcabala de Buenos Aires se mandó a confeccionar un padrón de las pulperías existentes en 1793 basándose en los aportes que ubican efectuados en el período 1789 a 1791 las pulperías de la ciudad y “extramuros” que sumaban en este último caso, 138. Este tributo era percibido no solo por las rentas sino también los trueques entendiendo que

 

“… se deben juzgar por la misma cosa (…) que de todo se pague Alcabala”.(38)

 

De esta manera se va a poner bajo el arbitrio de percepción de tributo a las transacciones y abastos que explotaban militares y clérigos, evidenciando la situación privilegiada de las Postas que estaban exentas y con ello el beneficio económico otorgado a los Maestros de Postas. A partir de 1823, por disposición del Ministro de Hacienda Manuel José García, se estableció que “sólo se entendiese por pulperías aquellas que venden licores espirituosos”,(39) que tributarían, de acuerdo a la Ley de Patentes aprobada por la Junta de Representantes de la Cámara de Diputados el 3 de diciembre de 1822, que en su artículo 3° decía:

 

“…corresponderá la segunda clase, de quince pesos en la campaña a toda pulpería (…) posadas, barracas de cuero, y a los caballos y coches de alquiler”.(40)

 

Este impuesto que gravaba el comercio, fue visto por el ministro de hacienda como complejo e ineficiente al momento de la recaudación y por ley, en 1823, fue abolida”…la alcabala de venta”.(41)

Durante el período que gobernó en la provincia de Buenos Aires Juan Manuel de Rosas el marco normativo no sufrió modificaciones, produciéndose estas cinco años más tarde con la aplicación de una ordenanza dictada en 1857 que establecía la prohibición del expendio de licores para ser consumidos allí “y a la vista del público” exceptuando a los cafés, fondas y confiterías con lo que se afectó a la forma de ejercicio de comercio de las pulperías que comenzaron a dedicarse al rubro de almacén que les permitía mayor margen de ganancia y multiplicación de artículos vendibles, y con ello la proliferación de los establecimientos Almacenes de Ramos Generales en la campaña.

 

Domingo de Basavilbaso

Domingo de Basavilbaso, Primer Administrador Principal de la Renta de Correos en el Río de la Plata había comenzado su actuación pública en enero de 1738 cuando fue electo para desempeñarse en el Cabildo de Buenos Aires como Alcalde de segundo voto,(42) en que por “no haber Alférez Real” porta el Estandarte Real el día de San Martín, patrono de la ciudad, situación que volverá a convocarlo en 1745 siendo ya Alcalde de Primer Voto,(43) habiéndose elegido con anterioridad en las elecciones del Cabildo en 1739 como Procurador General. En 1747 Domingo de Basavilbaso había elevado un “Proyecto para el Establecimiento de Correos Ordinarios” al Gobernador José de Andonaégui que comprendía el servicio entre Buenos Aires y Potosí que va a ser aprobado por el Virrey del Perú que traslada la autorización al Fiscal de la Real Hacienda de Lima al Correo Mayor de las Indias, Melchor Malo de Molina y Espínola, que ordena se ponga en ejecución quedando establecido el “Correo Ordinario” a cargo del Regidor Juan Vicente de Vetolaza y Luna como “Teniente de Correo Mayor de Indias” que fue publicado en “bando” el 17 de junio de 1748.(44) La actuación pública de Domingo de Basavilbaso se va a extender con la creación de “jente miliciana” compuesta por tres compañías de Blandengues para la defensa de la frontera contra los indios, por la que el Cabildo crea y le otorga el 21 de abril de 1752 la “Tesorería de Ramo de la Guerra”,(45) y a causa del derrumbe de la Iglesia Catedral en el mismo año y para su reconstrucción, el Obispo de Buenos Aires Cayetano Marcellano de Agramond lo designa “Tesorero de las Rentas y Limosnas que pertenecen a la Fábrica de la Santa Iglesia”, cargo que va a mantener hasta su muerte en 1775.

En el año 1767 el gobernador de Buenos Aires Francisco de Paula Bucarelli y Ursúa el 5 de julio lo nombra Administrador del Correo Marítimo,(46) interino, hasta el 24 de julio del mismo año en que llega su título extendido en propiedad, cargo en el que va a ser sucedido por su hijo Manuel el 19 de noviembre de 1772 en que jura ante el nuevo gobernador interino Juan José de Vértiz y Salcedo (1770-1777). En 1769, luego de incorporarse el Correo Terrestre al de Marítimos en una sola administración principal Domingo de Basavilbaso establece el servicio a Chile y el Perú. Con el fin de reorganizar la totalidad de los servicios postales en América, en 1771 el Marques de Grimaldi dispone una visita de inspección a las Administraciones de Correos de América del Sur designando como visitadores a José Antonio de Pando que por tierra partiría de Cartagena de Indias hasta Lima y a Alonso Carrió de la Vandera que desde Montevideo y Buenos Aires debía también llegar a Lima, designación efectuada el 12 de enero de 1771 en el “Real Sitio del Pardo” en Madrid.(47) La visita e inspección en la ciudad de Buenos Aires la realiza el 21 de junio del mismo año organizando los cargos de seis Correos de Número para cubrir la Carrera de Perú y Chile. Para esas Carreras el 1°de Septiembre de 1771 se firmó un “contrato” nombrando a:

 

“…Isidoro Gari, Martín Girós, Matheo Escobar, Cayetano Obrador, Bernardo Valdéz y Juan Miguel Ruiz (…) para hacer viajes de correos a la Ymperial Villa de Potosí y ciudad de Santiago de Chile (…) bajo las condiciones, de que se nos pagarán de cuenta de la renta veinte pesos mensuales para nuestra manutención, con trabajo o sin él, y que así mismo, se nos dará de gratificación por cada viaje yente y viviente y en cualquier estación del año para Potosy: ciento y ochenta pesos, y para Santiago de Chile: ciento doze en tiempo de Invierno, y en Verano Cincuenta y seis pesos, entendiéndose uno y otro en los viajes ordinarios y extraordinarios, y en los Alcanzes, se nos dará la gratificación a correspondencia de las leguas que anduviéramos y constares del Recibo de el Correo y Maestro de Posta (…) como así mismo el de hazer cada viaje a Potosy en cincuenta días, iente y viviente (…) y el viaje a Chile en tiempo de verano en treinta y dos días.”(48)

 

Cabe consignar las descripciones y datos que surgen documentadamente de estos seis primeros correos que transitaron el Camino Real de Carretas, cambiaron caballos en la Posta del Puente de Márquez y cruzaron por su puente. Isidoro Gari, nacido en 1740 en Buenos Aires “…largo 84 pulgadas escasas, carilargo, color moreno, nariz afilada vien hecha, ojos pardos”. Destinado a la ruta del Potosy, fue jubilado el 1° de diciembre de 1778 por “graves indisposiciones y enfermo de Perlecía y sangre del pecho por la voca, q. le han resultado de la fatiga de siete años continuos de exrecicios en esta administración con la asignación de seis pesos mensuales según lo determinado por la superioridad, por el retiro que se le concede”. Falleció en el mes de septiembre de 1784.

Martín Quiroz: natural de Mendoza, nacido en 1749: “…soltero, largo 85 pulgadas, moreno, pelinegro, lampiño, ojos negros, nariz algo ancha”. Destinado a la ruta de Potosy hasta el 10 de diciembre de 1783 y reasignado a la Carrera de Chile transportando encomiendas hasta junio de 1784 “…despidiéndosele del servicio de la Renta” a fines de octubre. El último sueldo se le entrega a su mujer Maria Josefa de Aguilar “para comprar una Negra que está hipotecada”.

Matheo Escobar, natural de Asunción del Paraguay, nacido en 1736, “…soltero, largo 87 pulgadas, color trigueño, barba negra poco poblada, ojos pardos”, que también corría la ruta al Potosy y fue despedido el 10 de junio de 1773 “rebajándosele 8 ps. De un escudo de plata de la Renta que perdió”.

Cayetano Obrador, nacido en Mendoza en 1741: “soltero, largo 85 pulgadas, color claro, nariz y cara redonda, robusto, ojos claros”. Destinado a la ruta de Chile en su segundo viaje fue despedido al llegar a Santiago el 21 de marzo de 1772 “por transgresor de la Renta” a consecuencia de abrir la valija de correspondencia y robar dinero de sus paquetes por lo que fue condenado a “diez años de presidio en la isla de Juan Fernández” con destierro a ración y sinsueldo.

Bernardo Valdéz, natural de Mendoza nacido en 1736 “casado, largo, 85 pulgadas y media, delgado, blanco, ojos undidos y pardos, nariz larga, pelo negro, barba poco poblada”. Destinado a la ruta de Chile en 1772 se retiró voluntariamente por ser muy letrado”.

Juan Miguel Ruiz, nacido en 1742 en Tucumán y conocido como “el puntano”, largo 82 pulgadas, color trigueño, nariz y cara ancha, pelo negro, cuerpo rehecho”. Despedido el 24 de octubre de 1772, por ser según Manuel Basavilbaso “algo arrogante e ynquieto” y no gustarle “las gentes que pican de guapos, pues siempre son trágicos”.(49) Otros correos que pasaron por la Posta del Puente Márquez surgen del Libro de Pensiones, así: “Dña. Francisca Ferreira, viuda del Correo de Número Dn.Hilario Linares, que sirvió muchos años y murió en viaje infelizmente”, “Dña.Celestina Olivera viuda del Correo de Numero Dn. Fermín Zorrilla que sirvió muchos años con celo extremado y murió enteramente estropeado” y “Dña. Martina Florencia, viuda del Correo Dn. Nicolás Gazco, que sirvió muchos años, a quien mataron en abril de 1803 a la salida de Chile”.(50) Terminada la Visita y designados los Correos de Numero, los primeros días de Noviembre de 1771 comenzó Carrió de la Vandera el viaje que concluye en Lima a fines de 1773 casi dos años después siendo acompañado por Juan Moreno Monroy, Francisco Mostreiro de Pedrosa y Francisco Gómez de Santibáñez, designando a Monroy a establecer las Postas y arreglos de las cajas desde” Saladillo de Rui Díaz” a partir del cual se abría la carrera de la ruta al Potosí, hasta el “valle nombrado Aconcagua” en Chile.

Los pormenores de dicho viaje fueron publicados en Gijón, España, en 1773 como “El Lazarillo de Ciegos Caminantes desde Buenos Aires hasta Lima…”, firmado en calidad de autor por Calixto Bustamante Carlos Inca, alias Concolorcovo y a partir de llí las controversias sobre el verdadero autor que señalaba como tal a un mestizo pariente del gentilhombre Juan de Bustamante Carlos Inca que había sido criado por el presidente del Reyno de Chile y ofrecido sus servicios a Carrió de la Vandera.

Las primeras investigaciones las realiza Bartolomé Mitre efectuando anotaciones con diversos comentarios en el ejemplar que se halla en su biblioteca, seguidas por trabajos de Rene Moreno, Brunet, Ricardo Palma y Manuel de Mendiburu. Con posterioridad el conflicto por la autoría del “Lazarillo…” va a finalizar. José Torre Revello cita unas notas escritas por uno de los marineros que acompañan a Malaspina en su viaje, realizado entre los años 1789 a 1794 que da por autor del libro El Lazarillo… a Antonio Carrió de la Vandera, publicadas en Un Trotamundo del siglo XVIII. A esta misma conclusión llega Alberto Salas:

 

“…su auténtico autor ha sido el Visitador Carrión de la Vandera, hombre de fina cultura europea y baqueano en las cosas de aindias, donde ha vivido casi cuarenta años (…) este libro se escribió por una sola mano. Mano española, que no solo incurre en citas latinas, recuerda autores y mitologías clásicas, sino que el catalogo de autores que cita (…) nos lo muestra como un hombre de considerable y selecta lectura”.(51)

 

Esta opinión sobre el autor de la obra era compartida por José Luis Busaniche en La Incógnita de El Lazarillo(52) y Marcelo Bataillon: Introducción a Concolorcorvo en el que realiza aportes documentales que demuestran la irrefutable autoría de Antonio Carrio de la Vandera.(53) Por último, la edición de la obra que efectúa el Ministerio de Instrucción Pública del Uruguay en 1963, texto que reproduce la publicada por la Junta de Historia y Numismática Americana de Buenos Aires califica en cuanto a su autoría “…seudónimo de Antonio Carrio de la Vandera”.

 

 

El camino

Con posterioridad a la fundación de la ciudad de Buenos Aires que realiza Juan de Garay en 1580 dando inicio en estas tierras un nuevo tipo de civilización, se conforman cuatro rutas que materializaban un sistema bien definido de caminos, enclavados en un paisaje circundante cuya característica física estaba manifestada como un llano continuo, que partían de la ciudad conformando los trayectos que la vinculaban al Perú y Chile desde el oeste compartiendo estos el primer tramo, el del Paraguay hacia el norte siguiendo la costa del Paraná y otro que se proyectaba al sur para suplir la necesidad social de movimiento de personas, bienes e ideas. Estos caminos, en nuestro interés los dos primeros que unían y daban sentido al conjunto Río, Puente y Posta de Márquez, fueron transitados como vía de enlace entre las distintas administraciones y por innumerables caravanas comerciales que llevan consigo la regulación legal que ordena el comercio y el tránsito vinculando el interior, de ida con productos europeos y vuelta con abastecimientos de la tierra a lo que se suma su utilización como ruta de tránsito del contrabando.

Por esta ruta transitaron, asimismo, los contingentes de ejércitos criollos que luchan por la independencia y las tropas que se enfrentan a las contiendas civiles  de la primera mitad del siglo XIX. Los caminos hasta el año 1760 en que la Corona comienza a manifestar por ellos su preocupación, consistían en una franja de tierra que no merecía cuidado alguno.

Sobre estos nos va a dejar testimonio Antonio Carrió de la Vandera en su “Lazarillo de Ciegos Caminantes” que, como Concolorcorvo atraviesa entre 1771 a 1773 en su viaje a Lima, en el que va a describir los elementos presentes a lo largo de las rutas que vinculan la ciudad y la Villa del Luján, la que pasaba por la capilla de Merlo elegida por el Correo al ser la más transitable y la que atravesaba Las Conchas, incorporando así al relato los usos y costumbres de los habitantes, el campo y las actividades rurales proporcionándonos una visión de la naturaleza y los hombres que habitaban a sus alrededores.

La necesidad de abrir caminos que uniesen los centros poblados rodeados de inmensos territorios en su mayor parte desconocidos se manifestó como imperiosa necesidad a partir de los primeros días de la conquista, expresada por el Capitán Tristán de Tejada que ordena limpiar los senderos adecuándolos al tránsito de carretas y caballería ya que parecían “sendas de conejos”.

Van así a cobrar importancia los intentos de encontrar la ruta que uniera el Perú, sede del Virreinato hasta 1776 y el Atlántico como vía más directa y segura con la metrópoli.

En 1572 Jerónimo Luis de Cabrera parte de Cuzco habiendo sido nombrado nuevo Gobernador para las provincias del Tucumán, fundando en la región de los Comechingones la ciudad de Córdoba en 1573 y desde allí emprende camino para descubrir la ruta al Río de la Plata con la imperiosa necesidad de

 

“…un puerto que había menester el comercio de todo el Perú para comunicarse con la metrópoli sin atravesar dos mares. Años antes Francisco de Aguirre había emprendido la travesía “…habiendo caminado hacia la fortaleza de Gaboto, que es en el Río de la Plata”.(54)

 

A seis años de la fundación de Buenos Aires, el 8 de marzo de 1587, el Teniente Gobernador Rodrigo Ortiz de Zárate se dirige al monarca poniéndole en conocimiento del servicio que le ha hecho al

 

“..abrir y descubrir, a principios del año 1586, el camino derecho de aquí (Buenos Aires) a Córdoba: viaje que hícelo y volví con carretas y ovejas”.

 

En 1626 sobre las dificultades que ofrecía ese trayecto, el Gobernador Francisco de Céspedes, comunicaba al Cabildo de Buenos Aires

 

“…se debe poner mucho cuidado en allanar y disponer el paso del Río de las Conchas”.

 

Va a ser el General José Martínez de Salazar, quien, como Gobernador del Río de la Plata en 1663 dicta un auto en el que denomina el trayecto que unía las Postas de Morón, Merlo y Luján como “Camino Real para los Reinos de Chile y Perú”.(55) Las Instrucciones que dicta el 12 de septiembre no solo define la ruta de tránsito, sino que fija penalidades a quienes infrinjan violando la norma, decía de esta manera Salazar:

 

“…persona assi de los vecinos de esta ciudad y su jurisdission como de las demás partes y provincias que vinieren a ella a pie o a caballo o en carretas no vayan ni vengan por otro camino (…) es el Real y más derecho (…) por el donde esta la guardia del de Luján”, y concluye “…se darán por de comisso y extravio y las cabalgaduras ganados bueyes y carrettas se darán por perdidas”(56)

 

Sobre la necesidad de esa ruta para las comunicaciones y que se hiciera cargo de ella el Correo Mayor de Indias, Diego Gregorio de Carvajal Vargas y Hurtado, conde Castillejo y Marqués de Cochán, en carta que al Cabildo de Buenos Aires solicita se le conceda en su nombre “título de Teniente de Correo Mayor destas Provincias del Río de la Plata” para que “corran cada mes chasquis desta ciudad a la de Lima”, tema que fue tratado y consta en Acta Acuerdo del 3 de octubre de1707 como “entendido y oído todo”, mandando los cabildantes “se suspenda responder a la Dha. Propuesta auto por ahora hasta otro cabildo”.(57) Esta actitud dilatoria del Cabildo va a poner en evidencia la falta de interés de las autoridades al no poder establecer una explotación económica redituable del servicio regular sobre esta ruta que Salazar denominó “Camino Real”.

De esta manera, ante la necesidad de establecer correos ordinarios que unieran esta ciudad y la capital del Virreinato en Lima, el Gobernador de Buenos Aires

 

“…llamó a algunos vecinos encomenderos, para ver si alguno quería aceptar ese nombramiento y se excusaron por ser para ellos una Cosa inaudita”.

 

Otro argumento va a ser utilizado por Antonio Merlo, que ya se había desempeñado en Buenos Aires como Mayordomo de la ciudad en 1705, que recurre en Madrid el ofrecimiento del cargo de Correo Mayor de las Provincias del Río de la Plata manifestando:

 

“…no asistió por considerar no sería de Utilidad –agregando- el que tuviese ésta incumbencia la costease, sin otro yngreso que el trabajo, molestia y cuidado”.(58)

 

El establecimiento del servicio de correos ordinarios recién serán establecidos a partir de 1748 entre Buenos Aires y Potosí, manteniéndose como factor limitante el costo que insumía el chasqui en la carrera “yentes y vivientes” (…) pide trescientos cincuenta pesos”, como el despachado en 1726 autorizado por el Gobernador que sería pagado con “lo sobrante” de sus rentas y si no alcanzaban “por cuenta y riesgo de los cabildantes”,(59) con lo que se entienden las dilaciones presentes en el Cabildo.

Para 1772, ya iniciada la inspección de rutas y Postas que emprende Antonio Carrio de La Vandera con el objetivo de normalizar el servicio, el Cabildo en Acta determina la existencia de sólo “2 carreras de Postas” desde Buenos Aires a Chile y al Alto Perú.(60) Con el acceso al trono de los Borbones se extienden los privilegios de comercio a puertos españoles ampliándose a veintidós en 1778, ya nueve habían sido puestos en vigencia para el comercio indiano en 1764, autorizándose la importación por Buenos Aires para las provincias del Interior, Tucumán y Salta, medida que provoca la puja con los comerciantes peruanos que las abastecían por la ruta de Portobello-Lima.

Estos entendieron rápidamente que el nuevo puerto de ingreso trasatlántico convertiría la totalidad del territorio al este de los Andes en una zona comercial dominada por Buenos Aires, que liberada de la jurisdicción económica y administrativa de Lima utilizó las ventajas de llegar a los mercados, creciendo en forma sostenida y constante, gracias al levantamiento de la prohibición de comercio interprovincial.

De esta forma nos encontramos que los servicios irregulares que comunicaban Buenos Aires con Chile y el Norte van a ampliarse con este cambio de sentido de la ruta comercial que se va a incrementar con el direccionamiento a la ciudad de Buenos Aires de las producciones del interior y encontrar una nueva vía, el camino nuevo practicable por la construcción del Puente de Márquez que facilitaba el acceso sin riesgo atravesando el río al que se agregaba la Posta que en sus inmediaciones se establece. La característica dominante del camino, ya desde el viaje de Carrió de la Vandera estaba presente en la

 

“…infinidad de cardos que sirven de leña e incomodan y aniquilan al ganado menor”,(61) va a ser un factor que potenciaba otras amenazas que otros viajantes expresaban como “la aprehensión de topar con salteadores e indios en otoño, cuando hacen sus excursiones después que los cardos se han secado (…) la caída de los cardos que cubren esta llanura y crecen en la estación hasta alcanzar altura enorme, es esencial para aquel ginete y caballo indio recorran las pampas cuando sus cuerpos no se exponen a los formidables espinos”.(62)

 

Esta característica “cardos gigantes”, va a seguir estando presente en las descripciones de los viajeros,(63) Iniciando su viaje en febrero de 1814, William Robertson, que parte de la ciudad va a dar cuenta de esta característica dominante de los campos circundantes ofreciéndonos una descripción del camino que recorre

 

“…a unas seis leguas de la Capital, entramos en los cardales que, en la época de que hablo (…) De una o otra parte una callejuela estaba abierta través de estos gigantescos cardales que nos cercaban a ambos lados tan completamente como si fuerais cabalgando entre dos muros de quince pies de altura (...)suben arriba de nuestra cabeza y en muchos casos, ocultan la posta, hasta llegar a la puerta”.(64)

 

Esta presencia característica de los caminos va a ser corroborada años después por John A.Barber Beamount, que parte de Buenos Aires en 1827 y nos relata:

 

“…pude observar en el campo algunos cardales dispersos, pero antes de haber hecho la primera legua, ya cubrían toda la llanura y el camino iba por sendas o atajos abiertos entre los cardos”, sobre este trazado, el Camino Real, al llegar “San José de Flores (…) situado en el camino de Buenos Aires a Mendoza, Chile el paso continuo de los viajeros y las mercancías hace el camino en extremo desagradable”, sumando otro peligro potencial, siempre presente en esta llanura, producto del “incendio de los cardales, se había extendido por varias leguas a la redonda (…) estas quemazones son muy frecuentes en el verano, cuando los cardos, secos por el sol, son combustibles y al tomar fuego las llamas son llevadas por el viento a gran velocidad (…) hasta los hombres y los caballos son con alguna frecuencia sorprendidos y aniquilados en tales circunstancias”.(65)

 

Un camino de tránsito obligado de carruajes y carretas por la facilidad del traspaso del río de Las Conchas que ofrecía la existencia del puente que, sin embargo, los viajeros lo calificaban de esta manera:

 

“De cuantos malos caminos deshonran las vecindades y aledaños (…) los caminos de entrada a Buenos Aires, son sin duda los peores (…) están formados generalmente por dos huellas o zanjas paralelas (…) corren por tierras de labrantío muy ricas, entre charcos y pantanos, de fondo en extremo pedregoso. El agua se estanca así en las huellas dejadas por las enormes ruedas de las carretas y las mismas huellas van llenándose y ablandándose con el agua de las lluvias, para ser atravesadas por las ruedas de otras carretas que aumentan su profundidad. Así se forman aquellos accidentes topográficos conocidos bajo el término de pantanos (…) las hay de todas profundidades y tamaños; en algunos lugares el caballo se hunde hasta las rodillas; en otros hasta la barriga”.(66)

 

El ingeniero Narcise Parchappe, que acompaña en su viaje a Alcire D Orbigny, agrega:

 

“…el camino es muy ancho y muy cenagoso en invierno y lleno de polvo en verano, inconveniente común a todas las regiones arcillosas de la pampa”.(67)

 

Otro problema que se adicionaba afectando el tránsito, pobladores y ganados era el que representaban las jaurías de perros cimarrones que ponían en peligro la vida y diezmaban los ganados. Las primeras medidas van a ser tomadas por los cabildantes de Buenos Aires el 27 de febrero de 1627 disponiendo para combatir la “gran cantidad de perros simarrones y hacen muy gran daño al ganado ovejuno y bacas” alistar partidas dirigidas por los alcaldes de la Hermandad a “…hacer matanza de los dichos perros”(68) Antonio de Vera y Mujica en la fundamentación de su proyecto del año 1682 de trasladar desde el Brasil a nuestras tierras mil familias indígenas para dar solución a la falta de mano de obra resalta el problema que causan los cimarrones depredando el ganado y “…mataron a Mundiña y otro negro de doña Isabel Martel y otras personas”.(69) Más de cuarenta años después, el Padre Cayetano Cattaneo en una carta del 20 de abril de 1730 volvía sobre el tema implorando “quiera el cielo (…) irritados por el hambre no acaben por asaltar a los hombres”, tiempos en que las perradas cimarronas se ciñeron más cerca de las poblaciones acercándose a los arrabales, y poblaciones rurales buscando alimento”.(70) y “…se atreve su fiereza a envestir a los caminantes”(71) haciendo temer a las “personas que viajaban, o (…) habitan casas de campo”.(72) La preocupación por el peligro que constituían cimarrones va a estar presente en los Bandos de gobernadores y virreyes que legislan sobre su matanza, primero dos veces por año para luego acelerar el exterminio cada cuatro meses, ordenado por el gobernador Pedro Cevallos y en “ocho días” Juan José de Vértiz que exceptúa los “cusquillos” y los virreyes Nicolás de Arredondo a los que transiten “con bozal” y Joaquín del Pino (1801-1804) a los de calidad “noble”.(73) En 1788, el cabildo de Buenos Aires en la sesión del 17 de julio da cuenta de la infinidad de perros que impedía el tránsito por los caminos exponiendo a personas y “…algunas han estado peligrosamente enfermas de sus mordidas”.(74) Las campañas que se desarrollaban para su exterminio van a encontrar en la multiplicación de cardos que poblaban los campos un impedimento”… por el mucho cardal que lo ympedia”.(75) De esta manera, la invasión de cardos y perradas cimarronas van a dar forma a un peligro siempre latente que afrontaban los viajantes y pobladores rurales afincados en las inmediaciones del camino alertados durante las noches, cuando los perros “aúllan horriblemente”.(76) Cabe destacar sobre los rasgos esenciales de los perros cimarrones sus características que dan una idea su potencialidad y peligro que ofrecían a los pobladores rurales y viajantes. Desde mediados del siglo XVIII hasta la mitad del siguiente, Félix de Azara y Alcides DOrbigny agregan, a las ya observadas por Sánchez Labrador en su Paraguay Natural de “tienen el hocico afilado, las orejas iniestas (…) están delgados y ligeros”,

 

“…son todos los cimarrones corpulentos (…) de la raza que Bufón llama GRAND DANOIS, que creo que llamamos LEBREL, el pero a mi ver tienen el pelo más áspero, el hocico algo más largo y agudo, las orejas más gruesas y el cuello más abultado que los domésticos de la propia casta”.(77)

 

Algunos años más tarde, en su travesía por estas tierras Alcides D Orbigny, agrega a lo ya observado anteriormente

 

“pertenecen a una raza particular, caracterizada por su aspecto que recuerda un poco a la de los mastines: grande y fuerte. Tienen las orejas derechas como la de los perros lobos (…) el color es variable de tinte por lo común uniforme, rosáceo (rojizo) o amarillo, son a menudo rayados, del lomo a los flancos…”(78)

 

Este conjunto de particularidades pone en evidencia las condiciones en que se efectuaba el tránsito por el camino y las dificultades que debían afrontar los viajantes en un contexto de peligros y asechanzas, que comprendía, asimismo, las condiciones de vida de los pobladores que se asentaban a su alrededor.

Sobre el trazado del camino hecho por la costumbre del tránsito atravesando e invadiendo propiedades de límites no siempre precisos, en el caso de litigios estos podían ser resueltos en contra de las aspiraciones del reclamante por la aplicación del principio vigente en la teoría del dominio eminente del suelo que podía privar a los súbditos del rey del derecho de usufructo y propiedad de la tierra si esto redundaba en beneficio del común, principio que fue esgrimido en el juicio que enfrentó a Juan Francisco de Apellániz contra Antonio Illescas:

 

“…lo que Su Majestad hace libre para el común mal puede vendérsele o el apropiarse solo de ello”.(79)

 

 

Camino de Gaona

Establecido ya el trazado del camino  que conduce al Puente de Márquez la controversia a centrarse en el origen del nombre que va a tomar: el camino de Gaona. En un comienzo los historiadores lo van a asimilar al trayecto realizado por Calixto Gauna, Regidor del Exmo. Cabildo, Justicia y Regimiento, que designado por sorteo entre los cabildantes salteños detenidos que debió fugarse de los altos donde era mantenido preso por las autoridades realistas para comunicar la adhesión del Cabildo y la provincia a la revolución conduciendo los pliegos en un chasqui que arriba a Buenos Aires en diez días. El Triunvirato en su homenaje resolvió que una calle de la ciudad se denominara “camino de Gauna”.(80) Guercio.(81)

 

 

“Tierras de pan llevar” y mano de obra

Las tierras en el territorio que comprendía la Cañada de Morón y con ello las del actual Ituzaingó, cuartel II que subsumió el primitivo cuartel I y cuartel IV al norte del camino a la posta de Puente Márquez de Morón de aquellas épocas, formaban parte de las que se denominaban “tierras de pan llevar” destinadas a la siembra de cereales, limitando con ello la cantidad de animales que podían poseer los agricultores destinados exclusivamente al laboreo de los campos.

Esta situación provocaba dos problemas: el primero como resultado de la invasión de los cultivos por ganados que destrozaban y consumían los sembrados enfrentando a los agricultores con los dueños de las haciendas que no eran encerradas durante la noche cumpliendo las disposiciones E y el segundo centrado en la escasez de mano de obra provocando a ordenar la leva de “vagos” y la suspensión de obras públicas destinando a sus trabajadores al levantamiento de las cosechas F.

A estas dos situaciones debía sumarse la constante alerta de los propietarios que veían pobladas sus tierras en tiempo de ciega por innumerables hombres sobre los cuales se dificultaba el control y eran en sí mismos causa de prevención ante posibles delitos que podían cometer. La regulación jurídica del problema de la vagancia junto a su consecuencia, el “malentretenimiento” ya había sido contemplado en la legislación española utilizando conceptos de valorización económico – sociales constitutivos del sistema de producción B1 concluyendo que vagar se asimiló a conceptos punibles como el robo, la deserción o las lesiones.

La delimitación del concepto de vago partió de definir a aquellos “que podían trabajar y vivir de su afán y no lo hacen” o “no quieren trabajar con sus manos ni vivir con Señor” a lo que se agregó, ampliando el concepto, a los que incurran en “abandonar la labranza u oficio en días de trabajo”. De esta manera se agregó a la definición del concepto de vago como ausencia de propiedad el no concurrir al trabajo. B2 Esta consideración social sobre el hombre se volcó a las Indias y fue implementada por Virreyes y justicias para suplir la falta de mano de obra en los tiempos de levantamiento de las cosechas reclutando forzosamente a “vagos”, presos y empleados que desempeñaban funciones para el Estado.

Como contradicción a la necesidad de mano de obra, la magnitud del crecimiento del sector social de carentes de propiedad y ausentes en sus labores, jurídicamente “vagos” causaba un problema a la administración que el 6 de diciembre de 1745, el Gobernador José de Andonaegui, ordena el abandono de la ciudad y “su jurisdicción” en 15 días, bajo la pena de desterrarlos al presidio de la Plaza de San Felipe de Montevideo durante seis años “a ración sin sueldo”. La preocupación de las autoridades coloniales para impedir el vagabundeo por los campos, sin trabajar en los establecimientos rurales o prestar servicio en cuerpos del ejército español, va a expresarse el 4 de diciembre de 1774 cuando Juan José de Vértiz los define como aquellos “que no viven de su trabajo, ni tienen oficio, ni señores”. A la aplicación de la legislación colonial, el gobierno revolucionario de 1810 incorpora para la represión de los llamados “vagos y malentretenidos”, su castigo incorporándolos al servicio de armas. El 29 de mayo de 1810 la Primera Junta de Gobierno dicta la Proclama y Reglamentación d la Milicia comprendiendo en una leva general a

 

“…todos los hombres sin ocupación conocida y vagos desde la edad de los 18 hasta los 40 años”.

 

Esta medida que va a impactar sobre los peones de tropas de carretas y postillones afectando el desempeño de las caravanas y postas, que se paralizaron, situación que originó el dictado de otra norma que remedia a los abusos cometidos por las partidas de reclutamiento, prohibiendo incluir a los hombres “…que en cualquier ejercicio estén destinados al servicio público”. B3 La permanencia de la punibilidad de los “vagos” encontrará nueva expresión en las Instrucciones para los Comisarios de Guerra dictadas el 23 de mayo de 1812 para la incorporación forzosa al servicio de armas, y tratando de evitar excesos en la calificación de “vagos y malentretenidos”, ordena que éstos debían ser acompañados de

 

“…documentos de las justicias o Alcaldes de los partidos en que se tomasen (…) firmados a su vez por el Síndico Procurador de la ciudad o villa o por el cura en la falta de aquél.” B4.

 

En 1815, el gobernador Manuel Luis de Olinden, por Bando del 30 de agosto reafirmaba y legitimando el ordenamiento jurídico español aplicado por la policía rural,  ampliándolo, estableciendo en el artículo primero que aquellos pobladores que no poseyeran en la campaña “propiedad legítima”, quedaban comprendidos en la calificación de “clase sirviente”, asimilándolo al “vago”. Así “todo individuo de la clase de peón que no conservase este documento (la “papeleta”, autorización o licencia expedida por el empleador) será reputado de “vago”. B5 La persistente carencia de cantidad de trabajadores rurales llevó, entre los años 1821 y 1823, a que se reglamentasen por ley los empleos de aprendices y peones B6 y favorecer la migración a la provincia de Buenos Aires que se disputaba la mano de obra disponible, ofreciendo como ventaja la garantía de que no serían enlistados en el ejército mientras durasen en sus empleos. B7 Mientras se tomaban medidas para suplir la carencia de trabajadores, también se dictaban normas de fuerte carácter represivo como la dispuesta por Bernardino Rivadavia por decreto del 9 de noviembre de 1821 que castigaba a la “pena de azotes”, que no podían exceder de cincuenta decía el artículo primero, a los vagos que sorprendieran en el momento de cometer un delito. B8 Una ley posterior, del 10 de septiembre de 1824, sancionada por la Junta de Representantes va a disponer que los “vagos” podían ser destinados por varios años al servicio de armas con el solo testimonio verbal de Alcaldes y Jueces de paz. Estipulaba así el decreto:

 

“Los Jueces de quienes habla el artículo cuarto de la ley militar del 17 de diciembre de 1823, no admitirán más pruebas a favor de los aprehendidos por la Policía como vagos, que los informes verbales de los jueces de paz o alcaldes de barrio.”

 

Las arbitrariedades cometidas en el reclutamiento de la leva llevó a privar de mano de obra disponible para la agricultura en estas tierras de “pan llevar”, beneficiando al avance de la ganadería que no necesitaba de gran cantidad de hombres para el manejo de la hacienda, y de allí los conflictos que se suscitaban enfrentando a labradores y ganaderos. Esta situación de creciente persecución y arbitrariedad a la que eran sometidos los trabajadores rurales pareció encontrar su fin en 1827, siendo gobernador Manuel Dorrego. Por decreto del 20 de agosto rompe con la legislación española aun vigente que condenaba a sufrir arbitrariedades contemplando solo el interés de proveer mano de obra durante los ciclos agrícolas o necesidades de defensa y prohibía la leva con estos argumentos:

 

“…el inestimable derecho de la seguridad personal es el goce y el bien por excelencia, del hombre social: que fuera de los casos en que la ley ordena su suspensión, es atentatorio a los derechos primordiales del hombre todo acto en contrario, por más que se invoque la conveniencia pública para justificiarlo; que las levas (…) sobre ser extremadamente abusivas (…) perjudican la industria, la agricultura y el pastoreo, promueven la emigración para afuera de nuestra Provincia (…) desmoralizan y humillan al pueblo a fuerza de acostumbrarlo a presenciar actos de violencia que degradan la majestad de las leyes”. B9

 

Poco después de su asesinato, la situación volvió al mismo lugar. Los procedimientos llevados a cabo cuando se detenía a un “vago”, la “Filiación”, documento que comprendía la identificación, descripción física y del vestido junto a una reseña biográfica nos permiten valorar la historia de vida de los trabajadores rurales. La mayoría de los detenidos por las partidas de reclutamiento resultaban ser antiguos combatientes de las campañas militares que concluidas estas, enfermos y cubiertos de cicatrices no encontraron trabajo estable, como ejemplifica la Filiación del “vago” José Ulibes:

 

“…estuvo al servicio de las armas en la época en que asesinaron los salvajes unitarios al Gobernador don Alejandro Heredia, en la clase de sargento en la primera compañía de tiradores de su escolta que después lo pasaron a artillería que era donde estaba, cuando el salvaje unitario Lamadrid hizo la revolución, época en la que desertó y se presentó al comandante Santiago Lugones, en la provincia de Santiago del Estero, donde continuó sirviendo a su clase de sargento, hasta que terminó la guerra en las provincias (…) estuvo trabajando en Salta en su oficio que es maestro en la tropa de carretas de Floreal Porcel (…) se vino a Buenos Aires en la tropa de carretas de don José María Méndez en donde se quedó”.

 

Este ex soldado de las guerras civiles y maestro de carretas que integró la caravana que transitó nuestro camino trasponiendo el Puente de Márquez a su ingreso a Buenos Aires, sigue relatando su historia laboral tomada en la Filiación al momento de su aprehensión como “vago”

 

“…a los 4 días salió a trabajar a la campaña (…) que todo ese tiempo ha trabajado a caballo, hace un mes y medio se conchavó de maestro de tropa de carretas de don Gabriel Leguizamón, la cual dice, esta parada en los Montes Grandes haciendo comer a la bollada, él se ha venido, con licencia de su patrón, para este lado buscando trabajo en su oficio”. B10

 

Este cuerpo legal vigente fue ampliado por Valentín Alsina que sanciona el 30 de octubre de 1858 una ley que facultaba a los Jueces de Paz en la campaña “por medio de proceso verbal sin apelación” a destinar al servicio de armas por no menos de dos años ni más de cuatro a

 

“…vagos y malentretenidos, los que en el día de labor se encuentren habitualmente en casas de juego o taberna, los que usan cuchillo o arma blanca, en la capital o pueblos de campaña”.B11

 

El Código Rural sancionado en 1865, redactado por Valentín Alsina utilizando las disposiciones del Registro Oficial vigentes desde 1821 y el consejo de la “Comisión de Hacendados” va a dar continuidad a la legislación vigente y con ello al creciente poder y arbitrariedades cometidas por los Jueces de Paz en la campaña frente a la vulnerabilidad de la situación de los trabajadores rurales. Disponía en el artículo 277 la forma de contratación de los peones:

 

“…se extenderán por el respectivo Juez de Paz, en un libro de conchabos que deberá abrir y la firmará tanto él, cuanto el conchabante y el conchabado” y en el artículo 292, resumiendo toda la legislación anterior “…los que resultan vagos serán destinados (…) al servicio de las armas, por el término de tres años”.

 

Sobre esta situación va a expresarse José Hernández en su Martín Fierro.

 

 

Habitantes de nuestro camino

 

I.Carretas

Viajar en ellas en traslados que insumían semanas o meses resultaría monótono para los integrantes de la tropa, pero les posibilitaba en ellas la obtención de pequeñas comodidades en la soledad de los caminos, en su interior, entre la carga de las mercaderías, se dormía, se guardaban los dineros y armas para la defensa, se convalecía las enfermedades y hasta se moría.

Durante tiempos de lluvias prolongadas debían transitar caminos que se transformaban en inmensos lodazales que imponían enormes dificultades imposibilitando la marcha. Los vados de los ríos se convertían en impracticables para el paso amenazado con la posibilidad de pérdida de animales y el riesgo de ahogarse a los troperos que debían, para trasponerlos, descargar las carretas para luego transportar la carga fraccionada a la otra orilla donde se volvían a cargar los vehículos.

El Puente de Márquez, a partir de 1773, hizo innecesaria esta operación que insumía tiempo y riesgos para la carreta, animales, mercaderías y hombres. Este medio de locomoción, desconocido en América precolombina, que va a formar parte habitual del paisaje de los caminos de Buenos Aires fue introducido por los españoles comenzando a circular por el Río de la Plata y territorios del Tucumán a fines del siglo XVI. El padre Gervasoni, en 1729 realiza un viaje de Buenos Aires a Córdoba que comenta en la “Carta al señor Angelino Gervasoni, su hermano”, describiendo el vehículo de estaforma:

 

“…encima de un tablado bien hecho con tablas gruesas, ancho y largo que puede servir cómodamente de cama para una persona y tenga espacio para el asiento de tres por cada lado. Bajo el lecho se ponen las provisiones, los cofres, los líos y los paquetes se ponen fuera y sirven para sentarse encima. El todo está cubierto por cuatro muros de paja con bóveda igualmente de paja, forrada exteriormente con cuero de buey y de tal altura que ya podía cómodamente estar derecho. La carreta tiene la puerta de entrada por atrás”.(82)

 

Otro historiador el jesuita alemán Florian Paucke, que recorre los caminos del Río de la Plata describe las carretas así:

 

“…estos vehículos (carretas propiamente de carga) son de dos ruedas las que sobrepasan la altura de un hombre; las ruedas tienen una anchura de un palmo y no están guarnecidas con ninguna llanta; asimismo en el resto del vehículo no se encuentra pieza alguna de hierro, pues todo está ajustado a fuerza de cuñas”.(83)

 

Como medio de transporte de cargas, la carreta no estaba exenta de pago de los impuestos que regulaban el tránsito por los caminos, situación que pone en evidencia la disposición del gobernador Domingo Ortiz de Rozas (1742-1745) al destinar “el real de carretas” que ya se cobraba al mantenimiento de las compañías de milicias de dragones o blandengues que mantenían seguro y abierto “el paso de las Pampas, para la comunicación del Perú”.

Esta providencia había sido tomada debido a que el tránsito por los caminos en la ruta cercana a Buenos Aires comprendida entre la ciudad de Buenos Aires y la Villa de Luján, era constantemente amenazada por la presencia de merodeadores y ladrones, razón por la cual las autoridades habían indicado que las carretas “salgan armadas” desde el año 1749,(84) y el último Administrador General de Correos colonial, Romero de Tejada, va a disponer como forma de prevención de delitos en el año 1799 que la Carrera de Postas y otros tránsitos se programaran para que avanzaran solo durante las horas del día.(85) Esta situación de inseguridad se va a mantener por un largo período y de ella Alexander Gillespie deja constancia de ella en Su Diario de la presencia de las carretas y las medidas que tomaban para protegerse:

 

“…cruzamos una tropa de sesenta carretas de Mendoza con vino para Buenos Aires (…) siempre viajan en número para defenderse, pues de otro modo las carretas serían asaltadas (…) son generalmente tirados por seis bueyes, dos de los cuales sostienen el pértigo de la carreta, yendo todos unidos con coyundas de cuero que en todas partes sustituye el cordaje” agregando que transitan siguiendo una línea de marcha ordenada dispuesta a “formarse pronto en círculo ante cualquier ataque repentino”.(86)

 

Más allá de los actos delictivos que se cometían contra los viajantes o asaltos a establecimientos y robo de haciendas que se cometían en esta zona es importante tener en cuenta el clima general que imperaba en la campaña que había motivado la disposición de Francisco de Tejada con respecto al viaje diurno. Durante el tiempo de la administración española se había recurrido, por medio de Bandos, a prohibir y reglamentar el uso de armas a partir de 1742, exigiendo el “quiebre de puntas” de “cuchillos y puñales”, la inclusión de las boleadoras como arma “ofensiva” utilizada por españoles e introduciendo “severas penas” que incluían el “destierro” por portación, uso o venta en un período que concluye, en el aspecto normativo que pone en evidencia el auge de la inseguridad, en 1763.

Como contrapartida, en 1788 por “Real Orden” se van a importar de la metrópoli cuchillos, puñales, espadines y espadas.(87) El accionar de bandas armadas recorriendo los campos había motivado, ya en 1793, que la Junta de Hacendados de Buenos Aires alertara sobre la cantidad de “malhechores, salteadores y ladrones de ganado” junto a grupos que accionaban “salteando y saqueando casas”. Esta situación comienza a cambiar a partir de 1810 con el fin del período colonial cuando cambia el eje de preocupación de las autoridades situándose en las problemáticas que comprenden a la campaña y que antes, durante la etapa colonial, estaba centrado en la ciudad.

Esta inversión del centro de atención estaba motivada por la presencia en las fronteras de parcialidades indígenas, que van a ir transformándose paulatinamente en un actor más de la política criolla. Para 1821, la Gaceta del viernes 25 de julio se hacía eco del “clamor general” existente en la campaña, frente a lo que definía como el desprecio a la autoridad de la justicia, agravándose en Morón por el “abundantísimo número de malvados que perturban la tranquilidad”.(88) Esta situación, provocada por el insuficiente control que se ejercía sobre la campaña y la proliferación de hechos delictivos que ponían en riesgo a los hacendados, llevo, durante el gobierno de Manuel Dorrego, a que un fiscal reclamara castigos ejemplares para los que incurrieran

 

“en los asaltos de la casa de campo, pues solamente un castigo cierto y pronto puede contener a los malvados de cometerlos”.(89)

 

El accionar de los salteadores se fue concentrando en el área comprendida por la ciudad y el contorno rural inmediato que se caracterizaba como la zona más poblada de la provincia con el mayor desarrollo económico y circulación comercial, como también como la zona donde tenían presencia las distintas estructuras del Estado ejerciendo control. Campaña inmediata a la ciudad que comprendía San Fernando, Las Conchas, Matanza, San Isidro y Morón, donde en febrero de 1829 la casa de María Salomé Rodríguez es asaltada.(90) En este clima de inseguridad que comprendía zonas y rutas se desarrollaba el transporte de las grandes cargas que hacían viajes entre Buenos Aires y el Alto Perú o Mendoza demandando, entre ida y vuelta, de cinco a seis meses, conducidos por troperos cuya característica es denostada por el Administrador de Correos Melchor Albín en 1817 diciendo:

 

“…con demoras exorbitantes, porque además que los troperos son desidiosos tienen por su indigencia cortas boyadas, y aun cuando llegan a su apostamiento no encuentran los que dejaron”.(91)

 

La idea de utilizar este servicio como medio de transporte de cargas oficial nació de la iniciativa del Director Supremo Gervasio Antonio de Posadas que, el 24 de octubre de 1814 ordenó el establecimiento de una Carrera de Postas de carretas de bueyes entre Buenos Aires y el Perú “por la vía más corta y que ofrezca menos inconvenientes”,(92) rumbo al Norte que no podía dejar de pasar en su itinerario por la Posta del Puente Márquez que posibilitaba en forma segura y regular atravesar el Río de las Conchas. La iniciativa oficial proyectada y estudiada vio transcurrir el tiempo sin que se llegase a realizar un viaje de prueba, permaneciendo el tráfico de cargas servido por transportistas particulares de carretas.

Una década más tarde, Bernardino Rivadavia decreta el 13 de mayo de 1826 “…por las Carreras de Chile y Potosí se establecerán Postas de bueyes”(93) volviendo a tomar vigencia la iniciativa de Posadas, que complementaba con otro decreto que establecía en su artículo primero:

 

“…se concederá un premio, valor de doscientos pesos a la persona que presente un modelo de carros conducción de efectos para largas distancias, y que reúna la mayor solidez, capacidad y menor peso y costos posible”.(94)

 

Estos estímulos que alentaban la producción de vehículos y la iniciativa local de artesanos asentados en las provincias se completaba con el otorgamiento, también reglamentado en la norma, de una medalla de oro, ordenándosele al Administrador de Correos Juan Manuel de Luca determinar la ruta, carrera que fue rechazada por los Maestros de Postas aduciendo la carencia de recursos que requería la instalación del servicio. La iniciativa gubernamental, a partir de allí, caducó.

 

II.Carruajes

Otro vehículo de transporte que tenía presencia habitual en el camino utilizando la Posta y el Puente de Márquez era el compuesto por los distintos tipos de carruajes de pasajeros. En 1770 Carrió de la Vandera sólo registra dieciséis en la ciudad de Buenos Aires, que habían sido construidos en el país cuya característica era estar compuesto por

 

“…una casilla de madera más alta que ancha un poco angostada en su base y sostenida por gruesas sopandas, sobre cuatro ruedas enllantadas (…) en el interior, colchado siempre con abundancia encontrábanse dispuestos longitudinalmente los asientos, formados en largos cajones, que constituían una despensa y bodega abundante. Allí se guardaban todas las provisiones, los alimentos y bebidas necesarias para el viaje, y sobre las duras tapas donde debía sentarse los pasajeros, se disponían mantas, frazadas y sábanas, cajas de forros a la manera de almohadones. La cubierta ocupábanla los baúles, catres y colchones, asegurados por fuertes cordeles, y abajo del cuerpo principal hallábase suspendido un noque de cuero, destinado a transportar las ollas, calderas y demás útiles”.(95)

 

El paso de los Ejércitos

Nombrado el 20 de septiembre de 1811 como secretario del Triunvirato, Bernardino Rivadavia, ordena la confección de una guía para el desplazamiento de los contingentes de Caballería y Regimiento de Pardos y Morenos compuesto de partidas de 130 hombres, que marcharían por la ruta que vinculaba la ciudad de Buenos Aires hasta llegar a Jujuy. Esta debía contener:

 

“…una razón circunstanciada de las Postas (…) expresando las leguas que medían entre sí y si fuera posible los ríos y arroyos que hay en dicho tránsito”.(96)

 

Con esta guía y disposición de Postas donde se les prestarían los servicios se inicia la marcha el 20 de enero de 1812. El general Manuel Belgrano, a cargo del Ejército del Norte, en su Diario de Marcha describe el acampe de la tarde del domingo 26 de enero de 1812 en las tierras de la actual Ituzaingó, aprestándose pasar por el Puente Márquez el día lunes 27. Dice así el creador de la bandera nacional

 

“…nos pusimos en marcha (desde Morón) a las 4 y media de la tarde para pasar el Puente de Márquez; llegamos a las 7 y media habiendo hecho alto dos veces para alivio de la gente (…) en la Noche, hubo retretas con la Música; se cantó el Himno Patriótico, y todos se retiraron después con un viva general por la Patria”.(97)

 

 

Bartolomé Hidalgo

Otro viajero, Bartolomé Hidalgo, en esos años de las luchas por la Independencia va a transitar este camino utilizando los servicios de la Posta y el Puente de Márquez.

Nacido en Montevideo el 24 de agosto de 1778 había realizado el aprendizaje de las letras y sus principales lecturas de carácter neoclásico junto a los padres franciscanos. En 1806 lucha contra los ingleses en la Batalla de El Cardal en los extramuros de Montevideo y acompaña al General Carlos de Alvear que ingresa en la Banda Oriental con tropas argentinas en 1814, período que autodefine en una carta al Padre Castañeda como:

 

“…desde 1811 a 1815 tuve el honor de servir a la Patria del mejor modo que mi juicio y capacidad me permitían”.(98)

 

Bartolomé Hidalgo, poeta de la Revolución, para su mensaje elige la forma del Cielito, de origen popular y anónimo que se cantaba al son de la guitarra en las pulperías y encuentros rurales desde fines del siglo XVIII, en las que empezó a formarse el carácter del gaucho.

Ese período de servicio como poeta militante, integra junto a Francisco de Paul Castañeda y José Feliciano de Cavia una generación de periodistas montoneros que introducen, en su obra publicada en la prensa periódica porteña el uso de vocabulario de origen rural para sostener la prédica política y para atacar al adversario, convirtiéndose en portavoces de los ideales de la causa americana contra el poder español.

Así, en De las Cuatro Cosas, en la publicación del 20 de enero de 1821, van a transmitir su pasión alentándolos con voces ásperas y bravías a pelear contra los partidarios de Fernando VII.

 

“Al amigo Ño Fernando

Vaya que lo lama un buey

Porque ya lo tupamaros

No queremos tener rey”.(99)

 

Bartolomé Hidalgo alienta el clima de la lucha por la independencia, acompaña y se incluye autoreconociéndose como un hombre que quiere hacer escuchar su voz como transmisora de la voluntad patriota

 

Cielito, cielito que sí,

Vivan las autoridades,

Y que también viva yo

Para cantar las verdades”.(100)

 

Ni el pueblo ni sus poetas van a estar ausentes en el período revolucionario iniciado en 1810, de plantear la cuestión social que concernía a la igualdad de los hombres. De esta manera en unos versos que Rodríguez Molas le atribuye, lo expresaba Bartolomé Hidalgo

 

Roba un gaucho unas espuelas

O quita algún mancarrón

O del peso algunos medios

A algún paisano alivio;

Lo prienden, me lo enchalecan,

Y en cuanto se descuido

Le limpian la caracha;

Y de malo y saltiador

Me lo tratan, y al presidio

Lo mandan con calzador

Aquí la ley se cumplio, es cierto

Y de esto me alegro yo,

Quien tal hizo que tal pague,

Vamos pues a un Señorón;

Tiene una casualida…

Ya se ve… se remedio…

Un descuido que a un cualquiera

Le sucede, si Señor

Al principio mucha bulla,

Embargo, causa, prisión.

Van y vienen, van y vienen

Secretos, admiración

¿Qué declara? Que es mentira

Que él es un hombre de honor.

¿y la mosca? No se sabe,

El preso sale a la calle

Y se acaba la junsion

¿y esto se llama igualdad?(101)

 

Ocupado Montevideo en 1818 por las tropas portuguesas comandadas por Lecor, se traslada a Buenos Aires donde sobrevive vendiendo impresos en hojas, sus cielitos, en la ciudad. Gravemente enfermo se traslada al caserío de Morón donde fallece tísico en la mayor pobreza, en la misma que había nacido. Sobre la importancia de Bartolomé Hidalgo en las primeras letras poéticas populares argentinas, de él y su obra nos va a decir Jorge Luis Borges:

 

“…tiene este poeta una voz mesurada y viril, una voz honesta y antigua, que no volveremos a oír hasta el Martín Fierro”.(102)

 

El 3 de diciembre de 1813 se le ordena a José de San Martín luego de los desastres del Ejército del Norte en las batallas de Vilcapugio y Ayohuma, que partiese en su auxilio marchando al norte el Camino de las Postas. Con este fin y el de adecuar el tránsito a las posibilidades de las Postas, el Administrador de Correos, Melchor de Albín propone al gobierno para asegurar el servicio de recambio de caballadas, de silla y tiro, para tropas y carruajes, esta

 

“…camine todo en 8 o 9 divisiones con el intermedio de una y otra de dos días q. es el tiempo q.necesitan los caballos p. el descanso y pastoreo y con cuyo arbitrio nezesitarán los Maestros de Postas ocupar los Caballos del Vecindario”

 

Y agrega

 

“…las Postas de estas jurisdicciones (…) están pagadas y poco se les debe”.

 

De esta forma se establece que la tropa viajaría por las Postas, estaría compuesta por divisiones de 363 soldados, cabos, sargentos y oficiales, y 22 carretillas transportando municiones y atalajes. La carne y otros alimentos serían provistos por los Maestros de Postas, quedando la última división que transitara a cargo del Ayudante Mayor del Regimiento de Granaderos a Caballo, Lino Ramírez de Arellano, nombrado por San Martín cargo de los “doce mil doscientos noventa y siete pesos y dos reales” para pagar en las Postas la totalidad de los derechos acordados para el tránsito en el camino de Buenos Aires al Perú que comprendía, la carrera que nos cruzaba desde la Cañada de Morón, Puente de Márquez, Cañada de Escobar hasta la Parada de las Juntas de Yatasto.(103) El Administrador Albín, encargado de preparar la marcha despacha al correo extraordinario Hilario Muñoz” ganando instantes bajo responsabilidad por cualquier demora” con las órdenes que regulaban el tránsito del Ejército de auxilio llegando a la Posta de Puente de Márquez donde notifica por escrito al Maestro, que firma la circular dejando constancia

 

“estoi enterado de la circular que se Me manda oy ciete de diciembre de 1813, puente de Márques. Manuel Albarado”.(104)

 

De allí partió Hilario Muñoz a la Posta de Cañada de Escobar con igual cometido. Las Postas van a servir también, en este período de las luchas de la Independencia, para cumplir la función de medio de control, situaciónque ya había previsto Alonso Carrió de la Vandera en el prólogo a su “Lazarillo…” cuando las define de esta manera:

 

“…esta policía es muy útil al Estado (…) procediendo a las licencias necesarias prevenidas en las Cédulas Reales y ordenanzas de correos para la precaución de que no caminen por la Posta delincuentes sino personas libres de toda sospecha”.(105)

 

Así el 1° de enero de 1813 Bernardino Rivadavia utiliza el correo como servicio de informaciones y auxiliares de seguridad exigiendo que se controle a la totalidad de viajeros que transitan las rutas comprobando si portan las licencias y pasaportes pedidos por el gobierno autorizando el Tránsito, debiendo vigilar a los sospechosos y detener a los que no lo hicieran con la documentación exigida.

Esta medida era tomada con el fin de “no introducir en pueblos interiores” personas que desarrollan actividades e ideas contrarias a las disposiciones del gobierno revolucionario de Buenos Aires.(106) Durante el gobierno del Director Supremo, Juan Martín de Pueyrredón, el 5 de febrero de 1817 se dicta una disposición en la cual se ordena a los Maestros de Postas que

 

“…tenga(n) un libro en donde lleve diario de los que entran y salen y de donde vienen y para que remitiéndolo al fin de mes a la administración o cuando se lo pida, tenga este Superior Gobierno las noticias que le convengan, como lo exige la política, resguardo y quietud pública”.(107)

 

De esta manera el gobierno, que carecía de medios organizados de información, va a utilizar a las Postas como agentes auxiliares del control del tránsito y legalidad de los viajeros.

 

Alimentación

Sobre las condiciones de vida de los pobladores de estas vastas llanuras, los componentes de su dieta alimentaria van a dar cuenta de la situación de su asentamiento y dependencia. Así, José Manuel Peramas en la campaña en 1768 nos da cuenta de los componentes de la dieta

 

“…guiso de pedacitos de carne del vientre del animal por lo común con granos de maíz medio tostados”.(108)

 

Y Aguirre en 1793

 

“…el hervido y el asado de carne”,

 

Sobre el que agrega

 

“…la prodigiosa cantidad que se come”.(109)

 

Van a ser nuevamente los viajeros los que ofrecen, desde una mirada europea, una visión sobre la gama de productos disponibles para la alimentación de los pobladores de esta zona y que también consumían los viajeros cuando les eran ofrecidos en sus paradas en la Posta del Puente de Márquez. Así, Alexander Gillespie, del territorio anterior al cruce del Río de las Conchas, observa:

 

“La ancha extensión ofrecía solamente unas pocas chozas míseras, habitadas por gente muy pobre cuyo alimento consistía en carne, huevos, leche y agua, sin pan o sal”.(110)

 

En 1817 otro viajero inglés, Samuel Haigh que recorre el camino, describía de esta forma una cena en la Posta de Puente de Márquez el día 19 de junio:

 

“…pasé a la Villa Luján, y de allí al Puente Márquez. En esta posta encontré un joven francés, quien me dijo que acababa de llegar de Europa, para alistarse en el ejército patriota, e iba a incorporarse al ejército de Belgrano. Cenamos juntos una mulita asada que sabe a lechón”.(111)

 

Otro aspecto que relata Miers es la alimentación que se consumía en dicho establecimiento relatando que en la Posta de Puente Márquez al llegar

 

“…sus moradores estaban comiendo su almuerzo, el que consistía un potaje de maíz hervido en grasa”,

 

encontrando en el lugar otros viajeros

 

“…un oficial y dos damas (…) estas últimas estaban sentadas en un pequeño banco bajo, compartiendo el potaje con dos paisanos comiendo todos de la olla de barro en la que había sido hervido o guisado, y con la misma cuchara que iban pasando en rueda (…) los niños casi desnudos, agachados en el suelo comían una ración en la misma forma –negándose a compartir la comida- o usar la misma cuchara en la forma en que veíamos a las hermosas damas y a sucios campesinos”.(112)

 

Otra mirada sobre las costumbres alimentarias de esta región rural la ofrece el presbítero italiano José Sallusti que en 1823 recorre siendo secretario de Mastai Ferretti, futuro Pío XI, en su travesía de Buenos Aires a Chile por el camino de las postas que pasaba por la de Puente de Márquez, diciéndonos de los alimentos allí ofrecidos

 

“…la disposición de la mesa invitaba a comer, porque los platos eran de carne secada al sol y cocida en salsa, con pedazos de calabaza y espigas de maíz tierno (…) cada uno introducía sus dedos para coger, en aquella inmensa marmita, algún pedazo de cabeza o las mazorcas de maíz”.(113)

 

Años más tarde, en 1847, un almuerzo relatado por otro viajero va a mostrar la permanencia de característica de frugalidad en que se basaba el sistema ali8mentario que utilizaba para ello productos primarios o de recogida

 

“…allí nos ofrecieron como única almuerzo huevos duros y algunos tragos de agua”.(114)

 

Descripción de la Posta

Numerosas memorias van a registrar observaciones sobre las características distintivas de nuestro territorio a comienzos del siglo XIX(115), entre la que se encuentra la publicada en Londres en 1826 por John Miers con el título Travels in Chile and La Plata, en la que relata su viaje desde Buenos Aires a Valparaíso.

En ella registra la travesía que emprendió el 6 de abril de 1819 por las postas a lo largo del Camino Real autorizado por una licencia “…obtenida del Administrador de Correos de Buenos Aires” que lo facultaba a hacer uso del recambio de caballos para el coche por los que abona los derechos “de Parte” de la licencia y la

 

“décima del importe total del viaje de 293 leguas a un Real por legua el caballo de silla y un medio Real por legua por el de carga”.

 

Sigue su relato el viajero diciendo que a las dos y media de la tarde llega a Puente Márquez dando precisiones sobre su característica distintiva de la Posta que la va a diferenciar de la totalidad de las que se hallan en la carrera, como la primera “casa de Postas construida de ladrillos”.

Este viaje que Miers había iniciado a las ocho y media, y que finaliza el mismo día a las siete de la tarde cuando llega a pernoctar, “hacer noche”,” dormida” a la Posta de Cañada de Escobar que define como “semejante a las demás postas en el Camino Real”, diciendo:

 

“…construida de toscas estacas clavadas en la tierra; la trabazón de madera estaba sujeta con tiras de cueros y cubierta con ramas de arbustos entre los travesaños.  Las paredes así formadas son cubiertas de ambos lados con barro hecho con las manos. El techo es construido como las paredes con travesaños atados con tiras de cuero. El caballete del techo sostenido por dos pilares en el interior del rancho; siendo cubiertos exteriormente con pastos. Todo el edificio es tosco y miserable (…) el Maestro de Postas y su familia viven todos juntos en esta pieza. Al costado de este rancho había otro de dimensiones menores destinado a los transeúntes. En él no había ni sillas, mesa o cama donde acomodarse; estas cosas, o bien alguna de ellas, son raras de hallar en las postas. Muy pocas de esas casas poseen una puerta, pero llevan un cuero colgado (…) también que estos ranchos no poseen ventanas”.

 

A la mañana del día siguiente, John Miers parte rumbo a Luján llegando a las diez y media a la Cañada de Rocha, cuya casa de postas “era más pobres que la de Escobar”. De la del Puente del Sauce nos relata que encontró viajeros “durmiendo en el patio de la posta” cuando hace noche el 15 de abril, y al mediodía siguiente distingue de la de Algarrobos haber encontrado por primera vez “un banco largo junto a la pared del rancho”.

Estas distinciones que realiza Miers contraponiéndolas con la Posta de Puente Márquez diferenciando sus elementos de construcción, ladrillos cocidos, al igual que las casas del pueblo de Morón como “la villa consistía en cinco bonitas casas de ladrillos” dan cuenta de la importancia de este enclave en la carrera de postas

Cuando parten de la Posta a las tres de la tarde con nuevos caballos da cuenta de la existencia de otra edificación existente entre la Posta y el Puente al relatar

 

“pronto pasamos por un rancho cerca de un puente (de Márquez) que cruzaba un arroyo (Las Conchas). Aquí pagamos un Real de peaje. Estábamos ya en pleno campo y más allá los bordes de la civilización” transportados por caballos “tan malos como el peor que arrastran los coches de alquiler de Londres (…) llenos de mataduras, de tal modo que si se movían cuando llegamos a la casa de postas”.(116)

 

Aspectos económicos. Normas regulatorias

El desenvolvimiento económico de la posta va a estar íntimamente relacionado con los servicios que ésta presta a aquellos que transitan el camino. Si bien los Maestros de Posta estaban exentos del pago o contribución por los servicios de alimentación ofrecidos a los viajeros, la remuda de caballadas como actividad principal sólo podrá ser considerada en términos económicos dependiendo la categoría de los pasajeros, sean estos viajantes particulares o aquellos que lo hacen Por Cuenta del Estado. Solo sobre estos últimos se puede establecer una evaluación sobre el tráfico y su incidencia económica en desempeño de la posta, ya que sobre los primeros no se encuentran registraciones.

El sistema implementado por los de viajeros Por Cuenta del Estado comprendía a funcionarios autorizados de distinta índole por los que se extendía un “recibo” en la posta en la que se dejaba constancia del servicio prestado indicando expresamente la distancia en leguas a recorrer, destino y cantidad de caballos sobre los cuales diferenciaba los de silla o tiro para carruajes o carretas, cabalgaduras que recibían junto al servicio que prestaba el postillón que los acompañaba a su próximo destino, desde el cual volvía con los caballos al punto de origen. Estos recibos conformaban la rendición de cuentas que presentada a la Administración General de Correos por los maestros de postas que debían esperar que el gobierno fuera liberando los fondos “para el pago de postas”.

La necesidad de caballadas y su disposición inmediata para el transporte va a atravesar ciclos fluctuantes de distinta exigencia imponiéndole al Maestro de Posta la urgencia de relacionarse con otros vecinos propietarios para así asegurar provisión de animales que aseguren el servicio, y con ello el establecimiento de una red de vinculaciones económicas.

Así los años que transcurren de lucha por la independencia los Maestros de Postas tenían la obligación de reunir hasta 500 caballos del vecindario para afectarlo al transporte de tropas y municiones. Esta cantidad en tiempos en que no se registraban conflictos veía reducida la cantidad de cabalgaduras en servicio que guardaba acuerdo con la fertilidad de tierras circundantes y las pasturas que tuvieran a su disposición pudiendo contar con un número oscilante de entre 50 a 200 animales, por lo que recibían del gobierno adelantos a cuenta para la “remonta de la caballada” que se iba reduciendo por la muerte de los animales, agotamiento, epidemias, sequías.

Para evitar que se cometieran abusos y con el fin de asegurar el servicio, el 26 de julio de 1812 por decreto se dispuso en el artículo 1° la exigencia para utilizar el servicio de posta de presentar un pasaporte expedido por la “superioridad” –el gobierno- en la que se fijaba la fórmula “por cuenta del Estado”. El artículo 2° expresaba:

 

“…debiendo quedar asentadas estas licencias en los libros respectivos (…) en los cuales se expresan los caballos que se ocupen en sillas o carruajes por la diferencia de los precios”,

 

Concluyendo en el 3° artículo:

 

“… no serán de abono los auxilios que se den sin estos requisitos” como tampoco “la carne, leña y otros artículos de provisión que franqueen los maestros de postas”.

 

Esta disposición obraba facilitando múltiples nuevos intercambios económicos, no registrados, que van a constituir un componente de volumen importante que beneficiaba a los Maestros de Posta que podían disponer de fondos en manera inmediata que circularía, en parte, por la red de vecinos que suplían los faltantes o carencia de elementos en el establecimiento. Otros decretos ya habían dispuesto que los maestros de postas no debían dar caballos, disposición tomada con la finalidad de controlar la entrada y salida de viajeros asegurando la tranquilidad interior del Estado,

 

“…sin el pasaporte y licencia de autoridad competente”.

 

Para asegurar este cumplimiento que era vital para el Estado en cuanto al control de los viajeros por el interior el gobierno, complementariamente dispuso:

 

“los particulares que necesitan alquilar cabalgaduras (…) deban alquilar a los maestros de postas establecidos los caballos, y no de ningún vecino particular, bajo la pena de 20 días de arresto”

 

Y luego establece por ley el 25 de noviembre de 1821:

 

“el particular que provea de cabalgaduras (…) a los que transiten por las carreras donde hay postas, pagará una cantidad igual a la de los derechos de que priva los maestros o maestro de postas respectivo”

 

Y en el artículo 2° fijaba

 

“el producto de la multa (…) será adjudicado al maestro de posta”.(117)

 

Todas estas medidas garantizaban el ejercicio monopólico ejercido por el Estado a través del correo y sus postas en la provisión de cabalgaduras con lo que hacía al reforzamiento económico agregándole recursos a sus establecimientos y el control de los pasajeros y los destinos. Las normas que regulaban la modalidad de viaje “por cuenta del Estado” en la carrera de las postas van a ser unificadas mediante el dictado de un decreto del gobierno el 2 de diciembre de 1822.

Decía así en el artículo 8°:

 

“Los maestros de postas presentarán a la Administración de Correos durante cuatro meses y durante el término de quince días las papeletas”(118) Manuel Joaquín Albarrazín, como Administrador General de Correos reorganiza el servicio procurando que los maestros de postas mantengan su caballada propiciando que el gobierno mediante un decreto dictado el 12 de enero de 1824, establezca una nueva tarifa por las cabalgaduras que quedó fijada en “un Real por legua por caballo de silla y dos el de tiro”.(119) Junto a las tarifas que regulan el desenvolvimiento económico de las postas, Bernardino Rivadavia en ejercicio del Poder Ejecutivo el 6 de febrero de 1824 aprueba el texto de Reglamento de Postillones que fijaba para su funcionamiento las siguientes obligaciones:

 

“…será de la obligación del Postillón esperar dos horas contadas desde su llegada con los caballos al punto cordado, con el individuo saliente”

“…en caso de exceder el término prefijado (…) por demora del Viajante éste dará al Postillón alimentos para sí y los caballos”.

“… si habiendo llegado el Postillón con las cabalgaduras no tiene efecto el viaje, será de cuenta del Emprendedor el costo que origine”

“…es de la obligación del Postillón acompañar al Individuo que guíe a la salida hasta la posta inmediata en que debe recoger las cabalgaduras que le corresponden y a la entrada hasta su posada, sin separarse de él”.

“…es obligación de todo Postillón que entre a la Ciudad (Buenos Aires) dar cuenta a la Renta General de Correos de los sujetos que introduzca (…) con especificación de sus nombres y lugar de su posada”.

“…avisarán los Postillones cuando sean maltratados de palabra u obra por algún individuo de los que conduzca, para que tomados los conocimientos conducentes, se de cuenta quién corresponda”.(120)

 

La registración de las cuentas de la posta que se efectúan Por Cuenta del Estado va a ser objeto de una nueva modificación, que incluía a su vez integrar al tesoro nacional la renta del correo y su manejo. De esta manera, el 10 de junio de 1839, Juan Manuel de Rosas por decreto puso término a la autonomía económica de la Administración de Correos, disponiendo:

 

“… el producto que se recabe por ese departamento se pase semanalmente a la contaduría”.

 

Esta medida que venía a poner fin a un sistema organizativo que España había trasladado a la organización administrativa de Indias estaba fundamentado en el desorden de la Administración de Correos y las demoras ocasionadas en el sistema de pagos que de ella dependía. Decía Rosas en sus consideraciones:

 

“… tener a los empleados públicos sin el pago puntual de sus haberes y exigir la exactitud del servicio, es colocarse la autoridad en una situación odiosa, y a ellos y sus familias en la desesperación, poniendo su virtud a prueba (…) sabiendo el gobierno que la Renta más sólida es una racional y severa economía que, sin comprometer el orden y seguridad del Estado, corte los abusos y tantas necesidades ficticias (…) introduciendo en ellos el orden y la economía (ya que) nadie siente como el Gobierno, porque nadie como él ve las necesidades en toda su extensión…”

 

Y concluye

 

“las rentas mal cobradas, pero gastadas y destruidas todas las formas que aseguran el manejo, necesitan liberarse de esos intereses devoradores, que las agotan, e introducir en su administración; orden, garantía y economía. El gobierno (…) está en el caso de no pagar nada sin tener a la vista todos los documentos que acrediten que se pague bien, a quienes, cuánto y por qué servicio.(121)

 

Junto al dictado de estos decretos, con los que el gobierno aseguraba las normas y el control de los pagos de los servicios prestados por las postas, se dispuso un “Nuevo Reglamento de Presentación de Cuentas de los Maestros de Postas” que fijaba de esta manera los requisitos para la anotación en los cuadernos de rendición:

 

“anotan los servicios que prestan al gobierno, para que se abonen sus haberes por el Erario, se formarán en pliegos doblados por la mitad, cosidos y numerados (…) la primera plana del cuaderno tendrá a la cabeza: ¡Viva la Federación! El nombre de la Posta, el de su Maestro y la fecha en que cuenta principal”.

 

En cuanto a los recibos por los servicios prestados debían contener, artículo 4°

 

“…tal mes y tal año auxilié con tantos caballos al Oficial Dn. Fulano (o cualquier otro que auxiliare de cuenta del Estado) para correr tantas leguas hasta la Posta: -escribiendo precisamente su nombre, el del Maestro y el punto a donde fueron los caballos, sino hubiere Posta”,

 

Agregando en el artículo 5°:

 

“si el individuo a quien se auxiliare, no supiere firmar (…) firme el miso maestro la partida”

 

Consignando lo siguiente:

 

“el número de caballos que designarán precisamente en LETRA”,

 

Aclarando a continuación

 

“ni el tenor de los asientos del cuaderno, ni el de las papeletas del recibo vendrán escritos con lápiz…”

 

Debiéndose emitir en los mismos consignar

 

“…reses ya en ganado lanar o en combustibles, por no corresponder a la Renta”.(122)

 

Esta providencia tomada por Juan Manuel de Rosas en su administración ponía en evidencia el desorden y falta de control de las rentas del correo, que provocaban desvíos como las atribuciones que se tomaban los Maestros de Postas cobrando dobles postajes, autorizaban servicios pasajeros sin la correspondiente autorización o el fraude en la confección de recibos, acciones que encontraban explicación en los incumplimientos de la administración central que retraban la orden para librar los pagos por los servicios prestados al Estado “por su cuenta”.

En un principio la efectivización del pago de haberes pos servicios a los maestros de postas eran afrontados por la Administración de Correos con sus propios fondos que, durante el período comprendido entre las campañas de la independencia y posteriores conflictos provinciales no fueron suficientes para abonar la totalidad de los servicios prestados en la. A partir de este período va a hacerse cargo de los pagos la Tesorería General del Estado y de allí en 1821 los servicios de postas “de orden puramente militar” se dispuso que fueran pagados por el Ministerio de Guerra.

Este tipo de medidas van a poner en evidencia a las siguientes administraciones del Estado que diferían en el tiempo los pagos afectando económicamente a los Maestros de Postas y la regularidad del servicio, y con ello a la totalidad de las relaciones económicas establecidas en el contexto circundante a la posta a la cual prestaban diferentes de auxilios y servicios.

Prueba de ello es el reclamo realizado por los maestros de posta en agosto de 1824, cuando reclaman al Ministerio de Guerra el pago de los servicios de tropas y municiones, reclamo que devolvió diciendo “no le correspondía abonar esas cantidades”, situación que se repite en el año 1826 aduciendo la carencia de fondos al haberse omitido la partida para el pago del servicio prestado por las postas en el presupuesto del Ministerio de Guerra.

Como “excepción” se efectivizó el pago seis meses más tarde, el 8 de noviembre afectando a la cuenta “Gastos extraordinarios”. Otro grave problema que tuvieron que afrontar los Maestros de Posta estaba centrado en la desactualización de los aranceles que percibían por cantidad, tipo de caballo y cantidad de leguas recorridas que, en 1827 continuaban en igual monto a tarifados en el año 1791 durante la época colonial.

En noviembre de 1827 trece maestros de postas de la provincia de Buenos Aires elevan un petitorio de reclamo, entre los que se hallaba firmando Luciano Alvarado “a ruego de la viuda Alvaro, Dña Teresa Pardo”, dirigiéndose, a través de la Administración de Correos, el Gobierno manifestándole la grave situación económica que afectaba el servicio que prestaban. Decían así:

 

“…no es absolutamente imposible llenar los deseos del público en el ejercicio de las Postas que desempeñamos, si la autoridad no remueve los inconvenientes que las actuales circunstancias oponen (…) antes se hallaba un peón por seis pesos, hoy no se encuentra por doce; -antes se mantenía un hombre con dos Reales, hoy apenas se hace con seis; -antes se compraba un caballo con cuatro pesos, hoy apenas se consiguen con diez; y así es que hallándose las postas ceñidas a los derechos antiguos, no obstante que todo ha subido, en razón inversa del papel moneda”,

 

Y agrega:

 

“… los gastos de peón, su manutención y las caballadas (…) que los pasajeros despedazan y matan diariamente sin mayor consideración ¿y cómo es posible indemnizar tanto gasto, tantas pérdidas, con el escasísimo contingente de MEDIO REAL en papel por legua, por caballo de silla y UN REAL en los mismos términos por caballo de tiro?”

 

El Administrador General de Correos eleva la petición al gobierno apoyando a sus Maestros de Postas fundamentando:

 

“…el cambio de la moneda circulante a virtud de la ley por el metálico (…) padece una pérdida que está en razón hoy de un 300%” proponiendo a las autoridades se actualice la tarifa “en EL DOBLE de lo que satisfacen en nota de banco, así por los caballos de silla como los de tiro”.

 

Sobre el reclamo el gobernador no tomo en cuenta los factores de costos expuestos por los Maestros de Postas que alertaban sobre la imposibilidad de mantener en funcionamiento el sistema y que afectaba sus estabilidades económicas, limitándose a calificar la demanda en resolución del 20 de diciembre de 1827, como

 

“…pernicioso ejemplo para que los empleados reclamasen también la proporción de su honorario o sueldo con la aguarda la moneda respecto a los Billetes de Banco. No ha lugar.”

 

Dos años más tarde continuaba agravándose el problema, sumándosele a las causas anteriores el agotamiento y mortalidad de cabalgaduras que no se podían reponer, a la que se agregaba a causa del estado de guerra, la sustracción de las monturas y aperos, situación que llevó a los Maestros de Postas a aumentar los servicios por su cuenta, prescindiendo de las reglamentaciones, decretos y permisos del gobierno y la Administración aplicados a “… los derechos a los viajantes particulares”. Esta de desorden llevó al gobierno a fijar por decreto del 29 de diciembre de 1829, no medidas que dieran solución a la cuestión planteada, sino normas coercitivas, fijando:

 

“… se arreglen (…) a lo previsto en el arancel previniendo que aquel que violentara las normas será separado del servicio”.(123)

 

La resolución del reclamo presentado en 1827 va a llegar en 1832 mediante un decreto que contemplaba los graves perjuicios sufridos por los maestros de postas. El Gobernador de la provincia de Buenos Aires Juan Manuel de Rosas el 30 de marzo de 1832 actualiza los montos fijados por los servicios:

 

“UN REAL para los caballos de Silla y DOS por los de tiro en cada legua” y en el artículo 2° “los viajeros particulares pagarán DOS REALES por los primeros y CUATRO por los siguientes”.(124)

 

Esta resolución fue comunicada a los Comisionados del Correo y, entre otros al Maestro de la Posta de Puente de Márquez.(125) Otro factor que afectó gravemente el desenvolvimiento económico de las postas y la zona circundante que estaba vinculada a ella prestándole servicios fue la sequía del verano de 1831 en que no llovió en la zona norte de la provincia de Buenos Aires.

Esta seca provocó la falta de provisión de forrajes para mantener la caballada y con ello una situación desesperante que debieron afrontar los maestros de postas que se quedaron sin sus medios de transporte y principal fuente de ingresos. Una nota de Juan Manuel de Rosas como gobernador de la Provincia a su Ministro de Gobierno fechada en la Hacienda de Figueroa el 7 de abril disponía ante la gravedad de esta contingencia, medidas en salvaguarda de los Maestros de Posta y el servicio. Decía el Gobernador en su carta:

 

“…las postas desde Buenos Aires hasta San Antonio (de Areco) ya no pueden marchar, y es singular ver cómo han podido moverse hasta hoy.  Penetrado el gobernador (…) y viendo que ya absolutamente no pueden más que unas han parado y otras van a hacerlo sino se las auxilia, ha ofrecido a los maestros de posta, desde Buenos Aires hasta este punto UN MIL PESOS a cada uno, SIN CARGO A SUS HABERES para que compren caballos y puedan moverse las postas algunos días más.-Algunos días porque los caballos que compren que gordos que estén, no pueden durar sin comer más que ocho días (…) y no se introduzcan sino de a DIEZ hasta que el campo se reponga”.

 

Agregando a continuación la relación de los seis maestros de posta a los que se adjudicaba la compensación económica, entre los que incluía a

 

“Dn. Justo Pardo, un cuarto de legua al oriente del Puente de Márquez”.

 

La situación climática no mejoró y el auxilio prestado fue insuficiente para el mantenimiento de la carrera de postas debido a la creciente mortandad de caballos que afectó todos los puestos que debieron cesar en la prestación del servicio. Esta situación llegó a la implementación, cubriendo el trayecto Buenos Aires – San Nicolás, de un correo fluvial debido a que los caballos no sobrevivían y era frecuente ver que “postillones y conductores han transportado la valija a grandes distancias sobre sus propios hombros” decía el 27 de mayo de 1831 el Administrador del Correo en un informe al Ministro de Relaciones Exteriores.(126)

La contingencia climática manifestada en la seca, con su consecuencia de mortandad de caballos y afectación del servicio va a producir el deterioro de otros servicios prestados por el Estado relacionados con el control de la seguridad de la campaña, caminos y establecimientos, situación que pone de manifiesto el Jefe de Policía, que dice del problema:

 

“… la total escacez de salvaguardias en que se halla en el día la campaña pues las postas ni pueden proporcionarse a los chasquis”.(127)

 

 

El Puente, acontecimientos políticos y militares

 

En el año 1816 se comienzan a diseñar las dos grandes corrientes políticas dominantes del siglo XIX, unitarios y federales, cuya lucha interna marcará gran parte de nuestra



ALGUNOS DE LOS CIENTOS DE DOCUMENTOS QUE JUAN ORLANDINI FOTOGRAFIÓ EN DISTINTOS ARCHIVOS SOBRE LA POSTA DE PUENTE MÁRQUEZ